San Francisco, bendiciones a ritmo de champeta

11 de septiembre de 2017 12:00 AM

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Todo se hizo a ritmo de champeta. Las piedras bendecidas por el papa Francisco de los dos proyectos sociales más significativos del barrio San Francisco, frente a la parroquia del barrio y bajo la sombra de una enorme bonga, se hicieron a ritmo de música de champeta. Talitha Qum trabaja con 70 niñas vulneradas, muchas de ellas víctimas de la amenaza del turismo sexual en Cartagena. 37 niñas son del barrio San Francisco y 33 son del barrio La María. Pero según las hermanas del Buen Pastor, el deseo es que, en menos de seis años, el programa se extienda como una muralla sobre la ciénaga de la Virgen y llegue al barrio El Pozón, favoreciendo a 900 niñas.

“Ya estas niñas tienen dolientes. Hay que trabajar sin temor y sin temblor”, dice la hermana Blanca. Talitha Qum surge de la párabola de Jesús, al resucitar a la hija de Jairo, y tomarla de la mano y decirle: “Niña, a ti te digo, ¡Levántate!”, y la niña fallecida se despertó de su letargo y caminó entre los vivos. La tarea social de Talitha Qum en el barrio San Francisco es la resurrección social de las niñas vulneradas ante el riesgo mortal de la prostitución y las vejaciones de la pobreza. San Francisco no solo es uno de los barrios más pobres de Cartagena, habitados por afrodescendientes y mestizos, sino que, además, ha vivido el drama de sus diversas formas de vulnerabilidad y orfandad social. Aún está vivo el drama de los habitantes que vieron sucumbir sus casas construidas en el terreno frágil de un viejo basurero que se abrió y borró en segundos el sueño de muchos años de desvelo laboral. Pero no solo hay pobreza en San Francisco.

Un inmenso talento musical inundó desde temprano el aire de sus calles, cuando sonó el grupo Son San Francisco, con alabanzas y canciones en ritmo de champeta, gaita y reguetón. Y avivaron el ambiente previo a la llegada del papa Francisco, cantando el estribillo “Francisco dale esperanza a Cartagena”. El otro programa social es la misión María Revive, que trabaja con habitantes de la calle, liderado por laicos que fueron al encuentro con los “excluidos, los rotulados, los descartados”. El barrio vivió desde el amanecer la fiesta esperada del papa Francisco. Su imagen estaba en los lugares inimaginables: en los abanicos de mano, en las camisetas, en los botones, en postales y en afiches, en la talla en madera de un vendedor callejero de crucifijos, en las carteleras pintadas a mano por los niños dando la bienvenida al barrio, en las peinetas de las muchachas, en las ventanas de las casas en construcción, en cuyos aleros se asomaban los curiosos. El papa era la ilusión de los niños, las mujeres y los ancianos.

“No es solo una bendición para el barrio sino para toda la ciudad y el país”, dijo Marelvis, una vecina de San Francisco. La noche anterior, en la casa de Lorenza Pérez Barrios, nadie había podido dormir pensando en la llegada del papa. Alguien muy cercana a Lorenza le había dicho que no se pusiera a arreglar la casa, que la dejara como estaba, porque el papa vendría a saludarla y él quería ver todo como en verdad es: humildad sin maquillajes. El papa llegó puntual a Cartagena y allí en el aeropuerto fue recibido por un coro de niños y niñas que cantaban a ritmo de cumbia, y llevaban rosas blancas para entregárselas. Uno de los niños le entregó un sombrero vueltiao que el padre lució con su alegría y su fortaleza habitual. Poco después de bendecir las dos piedras de las obras sociales de San Francisco, se fue para la casa de Lorenza Pérez Barrios, y en el trayecto se golpeó con uno de los parales del papamóvil cuando intentó saludar a un niño, y se hirió en el pómulo izquierdo y en la ceja. Llegó a la casa de Lorenza con una salpicadura de sangre en el hábito blanco. Hubo alarma entre el público, pero el papa con su equilibrio sobrenatural dijo: “He venido a servir, no a que me sirvan”, y resolvió todo con humor: “me dieron una puñada”. En la casa de Lorenza le dieron un pedazo de hielo para disipar el dolor y la pequeña hinchazón. Ver a Lorenza, de 77 años, una recia mujer que vive en San Francisco desde hace 52 años, y da de comer todos los días a 85 niños de la comunidad, fue un soplo de felicidad para el papa.

Lorenza es una sonrisa de pocos dientes y una humanidad gigantesca que brilla en la luz de sus ojos. Hubo lágrimas de Lorenza cuando el papa la besó en la mejilla y tomándola de las manos, como Jesús a la hija de Jairo, le dijo con su tono profético e iluminado: “Lorenza, usted se merece mucho, porque usted vale mucho”. Los ángeles y arcángeles amanecen en la puerta de la casa de Lorenza y le dejan bultos de arroz y lentejas para su silenciosa y maravillosa misión de dar con amor el alimento y el cariño a sus semejantes. San Francisco como barrio dio la lección de humanidad en Cartagena: dar la riqueza del corazón en medio de la pobreza, vencer la soledad con solidaridad. Minutos después, el papa estaría orando en silencio ante los restos del santo Pedro Claver. Una oración silenciosa ante el alma de uno de los hombres iluminados de la historia de Cartagena. En los ojos y en la compasión ejemplar de Lorenza puede mirarse el camino a seguir entre todos los colombianos. Una paz forjada con amor, con granos de mostaza que se multiplican como un milagro cada día en su alma.

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