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El Cabildo de Getsemaní en su esplendor

El esplendor no se improvisa. El Cabildo de Getsemaní es el fruto de noches de vigilia y una férrea y amorosa convic-ción de un tallador de piedras.

Nilda Meléndez no sólo es la Reina Vitalicia del Cabildo de Getsemaní, sino la artífice de estos sueños colectivos. No es fácil en una ciudad como Cartagena, tan fragmentada y conflictiva, en donde se reúnen dos y hay tres ideas en pugna.

Pero ella junto a su barriada controversial donde cada cual quiere imponer su ego, ha salido librado el propósito colectivo al interés personal. Hace unos años, el Cabildo de Getsemaní estaba solo liderando ese proceso, hoy por fortuna, la terquedad se ha multiplicado y cada barrio ha moldeado a su imagen y semejanza su propio cabildo y su comparsa. Han surgido otras reinas sin presunciones vitalicias que han sembrado caminos en el proceso cultural cartagenero, sin esperar reconocimiento. Y han enriquecido el camino iniciado por Getsemaní, demostrando que la Independencia no se hizo solo para un barrio sino para toda una ciudad y los cabildos multiplicados enriquecen el sueño de Pedro Romero.

El desfile de la tarde de este domingo fue gigantesco en belleza, organización y sentido histórico. Ekobios es la escuela folclórica de mayor rigor y proyección local, la emblemática de los cartageneros, es excepcional, gracias al empeño cotidiano y profesional de Dixon Pérez, que le ha merecido el reconocimiento de ocho Congos de Oro en el Carnaval de Barranquilla.

Desde una esquina de Torices vi pasar todo el río del Cabildo de Getsemaní que me pareció magnífico y sublime en este Bicentenario de la Independencia: El Son de Negros me devolvió al pasado. “Es lo que más me gustó por-que me parecían salidos de otra época”, me dijo Camila Saladen, una niña de 11 años. Las muñeconas gigantescas de Juancho Sierra, me regresaron a las noches de Compae Menejo en Sahagún. Fue gratísimo ver al Maestro Miguel Emiro Naranjo entre el desfile, uno de los grandes compositores de porros de este país, cuya música es una referencia obligada. Hubo diversos homenajes a Joe Arroyo no sólo con su música sino con su imagen física: y quien lo encarnó supo imitar su baile y su pinta. Los grupos de la tercera edad se lucieron todos por su gracia, su calidad y su dignidad. Las lanzas de Pedro Romerto se convirtieron en símbolos de esta fiesta de  2011. Lanzas labradas y talladas. El lancero Juan Gutiérrez Magallanes participó con su esposa, ataviado con vestimenta y corona de rey africano. Una in-dia Catalina estática sorprendió en el desfile: “Baila, mujer”, le gritó alguien, “no imites a la estatua”. Mi vecino Alberto Ramírez Guardo disfrazado de rastafari me contó que su nieta lo sorprendió bailando champeta y lo reprendió: “Abuelito, no bailes así, baila como un señor”. No le cupo la menor duda de que la nieta no le gustará la champeta. Y pensamos que esa voz parecía salir del siglo XIX: Bailar como señores. Qué ironía. Como si África no hubiera dado la clave del ritmo. Sorprendente la belleza de los vestuarios, el colorido deslumbrante de Ekobios parece una pintura de Carlos Jacanamijoy, pero lo sencillo dio su lección de belleza en los vestidos elaborados con papel reciclado.

Lúdica e ingenio de hombres disfrazados de mujeres embarazadas, algunos recreando personajes de la vida nacional: el profesor Moncayo, el abatido guerrillero Alfonso Cano, Celia Cruz y Pedro  Knight, Chaquira en un burro vestido con una camiseta del español Gerard Piqué, Joe Arroyo, la gente de Getsemaní orgullosa de Lucho Pérez y su himno El Getsemanicense, entre otros. Un largo y soste-nido desfile bajo llovizna, espumas y buscapiés estratégicos que siempre estallaron más allá de los pies.

Me quedé pensando otra vez en Benkos Biohó y Pedro Romero, siempre recordados de manera tangencial, y en Pedro Laza, Rufo Garrido y Clímaco Sarmiento.  Me dije: Quiero amanecer con la manta en el hombro, como en la canción de Raúl Saladén.





































Hace cuatro años nadie sabía quién era Pedro Rome-ro, dice riéndose la alcaldesa Judith Pinedo. Pero hace veintiséis años, la cosa era pe-or, porque la casa donde salió Pedro Romero era un bar que tenía un nombre anodino: Bar Ajedrez, como si la memoria histórica pudiera ser un alfil sin albedrío. Y aún en este bi-centenario, Pedro Romero se quedó sin rostro y sin escultu-ra. Las de la Plaza de la Trini-dad, con todo el respeto que se merecen los artistas, no le hace honor a un gigante como Pedro Romero.





















Una belleza como esta solo puede sostenerse con una dis-ciplina coherente y una voca-ción implcable.

Los vecinos de la Calle de la Sierpe, en Getsemaní, in-tentaron buscarle un rostro al gestor de la Independencia de Cartagena, Pedro Romero, y pintaron diversos rostros e imágenes sobre los muros rui-nosos de la antigua fábrica de jabones Lemaitre.

Es curioso pero de Pedro Romero sólo se conoce un re-trato irregular y borroso que heredó el historiador Donaldo Bossa Herazo. Ante ese vacío histórico, el pintor Alejandro Obregón prestó su rostro para que Héctor Lombana le hicie-ra un busto a Pedro Romero. De allí al presente, se ha re-creado en la escultura de Nora Quintana que se erige en la Plaza de la Trinidad. Y en las imágenes actuales de los gra-fiteros en la Calle de la Sierpe.

De Pedro Romero no se conoce su partida de bautismo porque hubo un incendio que arrasó con los archivos de la iglesia de Matanzas. Lo que se sabe es que murió huyendo de la persecusión de Pablo Mori-llo y falleció poco después de llegar a los Cayos, en Haití. Sus restos reposan en la iglesia de Santo Toribio.

En los doscientos años de la Independencia de Cartage-na, Getsemaní se quedó espe-rando un busto digno al más grande líder de la movilización social y política que desembo-có en el 11 de noviembre de 1811.








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