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El gran día del Bicentenario de Cartagena

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“¡Viva la independencia, carajo!”, gritó la mujer, con una sonrisa de fiesta, en medio del retumbar de unos tambores que no dejaban oír el golpe de las olas del mar contra las pie-dras.

Se lo gritó a una cumbiambera amiga, que iba radiante, sacudiendo, al compás del golpe de los cueros, su pollera azul aguamarina, con encajes blancos.

Nunca antes había visto a alguien saber, de verdad, la razón por la que estaba un 11 de noviembre parado, con una cerveza en la mano, en la acera de la avenida Santander, viendo un desfile de bailarines y alegres danzantes, con sus pantalones y sus faldones de colores eléctricos.

Hoy, viernes 11 de noviembre del 2011, muchos, quizás la mayoría de los que estaban en la Santander, tenían la certeza de que las banderas de Cartagena que se batían al aire; que los sonares de los tambores que pegaban contra el pecho y los pitos de las gaitas, y la alegría verdadera que desfilaba por la Santander, eran por la celebración de 200 años de li-bertad. Nada más y nada menos. Bicentenario de la Independencia de Cartagena de Indias.

La presentadora de televisión de Telecaribe, una hermosa cartagenera que se fue a trabajar a Barranquilla, confesó al ai-re, mientras transmitía, que estaba conmovida hasta los huesos por ver a la Alcaldesa de Cartagena, Judith Pinedo Flórez, encabezar el desfile con un turbante en su cabeza, con los colores de la bandera de la ciudad, y, en sus manos, la cua-drilonga, grande,  ondeándola sin cesar a su paso y revolviendo, con su rojo, amarillo y verde, el tierno  azul suave del cielo de las 2 de la tarde, recién lavado por un chubasco, inofensivo y considerado.

Ha sido el más majestuoso y ordenado desfile de los últimos años. Bailadores acompasados, mucho cuero, muchas banderas, mucho maquillaje de fiestas, mucha sonrisa, mucho juicio de carnaval y mucha ciudadanía. Pasaron 180 comparsas y grupos folclóricos. Abuelos fuertes como robles; niños y niñas felices como trigales al viento; jóvenes llenos de electricidad y fuego… toda una galería de cartageneros llenos de la alegría que da celebrar 200 años de libertad.

Pero el día no sólo fue danza y folclor por la Santander.

Getsemaní fue una llamarada de emoción en la mañana. Ni esta lluvia de noviembre, delgadita y suave, dañó la fiesta. De allí salieron los lanceros valientes a rebelarse contra el im-perio y a reclamar libertad, igualdad, dignidad. De este barrio salió la independencia, dice la canción. Getsemaní esta mañana de viernes era rojo, verde, amarillo; olía a vida, a flores recién nacidas; sabía a burbujas, a agua de mar.

En la plaza del Pozo, la Alcaldesa de Cartagena era la mujer más feliz del planeta. Nunca antes su sonrisa fue tan radiante; sus ojos estaban llenos de luceros.

En la mañana de hoy, en Getsemaní fue la lectura del bando, tradicional homenaje a Pedro Romero, a los lanceros. La Alcaldesa, antes de hacer el recorrido que hicieron los lan-ceros para pedir libertad e igualdad hace 200 años, habló con emoción de lo que representaba el barrio, su gente, su gesta. Trajo a la familia Piñeres, descendientes de uno de los héroes fusilados en el hoy Camellón de los Mártires…Y después de discursos y lectura del bando, sonó El Getsemanicense. Himno de la ciudad.

Pero un desfile como el de la tarde de hoy no podía quedar sin remate. Y fue en la plaza de la Paz, a la entrada de la ciudad de piedra, donde se le brindó una serenata a Cartagena, con artistas, con música de la tierra. La plaza fue una fiesta indecible. Ni la Selección Colombia que se partía los huesos para tratar de doblegar a los patriotas de Venezuela pudo aguar el festejo.

...La ciudad recordará por siempre esta celebración. Por eso, no era posible que la jornada se cerrara sin pena ni gloria. Por eso, el cielo estalló en mil colores cuando los juegos pirotécnicos provocaron una lluvia de luces en el firmamento. Y después vino el bolero de ‘Noches de Cartagena…’; y la música del pueblo con el ‘suena, suena buscapiés…’; y la champeta y el talento de Los Heroicos, en la plaza de la Torre del Reloj.

Sin duda, fue un día inolvidable, único. Cartagena recordó la gesta de sus antepasados y durmió tranquila, a sabiendas que una fecha tan importante no pasó en balde en el ca-lendario, como un día más. No. Fue el gran día. El día en que los cartageneros celebraron con ruidos y con conciencia, los 200 años de la libertad absoluta.



         




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