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La boda de Chelsea Clinton trastorna la vida en el pueblo de Rhinebeck

“Es como tener los Juegos Olímpicos en el pueblo”, dice Alex Batkin, dueño de la exclusiva boutique local Wing and Clover.

Como el resto del mundo, los lugareños intentan averiguar detalles de la secretísima boda de Chelsea, hija del ex presidente Bill Clinton y la secretaria de Estado Hillary Clinton, con el financista Marc Mezvinsky.
La lista de invitados es ultraconfidencial y los sitios de chismes en internet especulan sobre la presencia de Oprah Winfrey o de Steven Spielberg, pero el presidente Barack Obama ya aclaró que no asistirá.
El lugar de la fiesta será al parecer una lujosa mansión en las afueras de Rhinebeck, localidad de menos de 8.000 habitantes a unas tres horas de carretera de Nueva York.
La Autoridad Federal de Aviación confirmó indirectamente el lugar del evento al anunciar una exclusión aérea para los aparatos que vuelen a menos de 610 m de altura sobre el complejo Astor Courts, en las afueras de Rhinebeck.
La prohibición, conocida como “restricciones temporarias de vuelos por VIP” (Very Important People, gente muy importante), tendrá lugar entre las tres de la tarde del sábado, el día de la boda, hasta las tres de la mañana del domingo.
La iniciativa apunta a los paparazzi, que habitualmente intentan tomar fotos aéreas exclusivas de eventos que tienen estrictas medidas de seguridad.
“Felicitaciones a Marc y Chelsea”: un cartel en la ventana del restaurante tradicional Pete's Famous de Rhinebeck, saluda en todo caso el evento.
“Mazel tov”, proclama por su parte la tienda de ropa Samuel's, en referencia a la religión judía que profesa el novio.
En este pueblo tranquilo que conserva sus raíces rurales pero se convirtió en lugar de descanso para los muy ricos, junto al regocijo se mezcla la voluntad de hacer buenos negocios.
Haciendo eco a la discreción impuesta por la familia Clinton, nadie quiere hablar en público acerca de la bonanza que significa para la zona el evento y sus 400 invitados, pero obviamente nadie quiere quedarse afuera.
Uno de los grandes beneficiados parece ser la pintoresca posada Beekan Arms que se autoproclama como el hotel más antiguo de Estados Unidos.
Los empleados estaban dando una última mano de pintura blanca a la fachada mientras otros trasladaban equipaje a las habitaciones, obviamente todas ocupadas.
Cuando le preguntan quién se alojará en el hotel, el conserje, habitualmente amable, se vuelve impenetrable.
“Sin comentarios”, dice el empleado a un reportero. Otro transmite el mismo mensaje haciendo un gesto de mutismo con los dedos.
La tienda de Batkin ya logró una venta destacada: un cuadro comprado como regalo de bodas, titulado “Chelsea y Marc” que representa en estilo “naif” una torta de casamiento en medio de la naturaleza.
Por supuesto, Batkin no revelará a quién ni por cuánto vendió el cuadro.
“Simplemente, no puedo decirlo”, responde.
Cruzando la calle, en la tienda Vinos y Licores, Mike Haley dice que el vino blanco de la fiesta provendrá en parte de la bodega Clinton Vineyards, un viñedo de la localidad vecina y felizmente homónima Clinton.
“Es ligero y seco. Marida bien con pollo y pescado”, dice Haley. Vende el mismo en su tienda aunque hasta el momento no recibió ningún pedido de los Clinton, que se abastecerán probablemente directamente en la bodega.
Otro comerciante que espera sacar algún provecho de la boda es el pequeño restaurante Rhinebeck Deli, donde el menú incluye un plato de carne oportunamente dedicado a Hillary Clinton.
Mientras toma un café en el restaurante Pete's Famous, Ed Hammond, de 79 años, comenta que el ajetreo le parece una “locura”. “Yo me voy a ir a otra parte, no me gustan las multitudes”, dice el veterano.

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