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Las princesas, protagonistas y compradoras de la alta costura

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Las princesas de cuentos de hada tomaron protagonismo en los desfiles de alta costura de París, cuyo mercado está reservado a muy pocas mujeres en mundo -no más de tres mil-, entre ellas acaudaladas jequesas de Medio Oriente. 

Sublimes vestidos largos, enteramente bordados de perlas y cristales y dignos de bailes principescos, dominaron la pasarela del modista libanés Elie Saab, que cuenta entre su clientela con princesas y también estrellas de cine, entre ellas la galardonada actriz francoargentina Berenice Bejo. 

El creador francés Franck Sorbier también imaginó una princesa, pero la llevó a la era digital, en una espectacular pasarela que presentó en un viejo teatro de París, en el tercer y último día de desfiles de alta costura para el otoño e invierno 2012. 

Sorbier diseñó su pasarela en forma de escenas de teatro, con una sola modelo vestida de blanco, sobre la que se proyectaban imágenes, poéticas y alucinantes, salidas del sombrero de una maga, vestida con un dramático traje negro, ceñido al cuerpo. O más bien, salidas de un retroproyector.

El diseñador francés es miembro “oficial” de la alta costura, una denominación jurídicamente protegida, cuyos integrantes se cuentan con los dedos de las manos, entre ellos las grandes casas francesas Dior, Chanel, Givenchy y Jean Paul Gautier, y algunas más pequeñas, como la del propio Sorbier, el brasileño Gustavo Lins y Adeline André, que cada temporada desafían las dificultades económicas para desfilar en París. 

¿Cómo cumplir con las exigencias de la marca “alta costura” registrada por el Sindicato de la Alta Costura en 1868? 

Las creaciones, únicas, pueden costar cientos de miles de euros y requerir entre cien y hasta mil horas de trabajo manual. Y el coste de organizar un desfile de alta costura es muy elevado. Quizá las técnicas digitales ofrecen una alternativa, para seguir estando presente en este exclusivo universo. 

Al derroche de lujo, pedrería, glamour, encajes y plumas desplegado en los desfiles de alta costura -que se desarrollan en un mundo muy alejado de la crisis económica, con su secuela de escándalos bancarios, despidos y desempleo-, Sorbier contrapuso un cuento de hadas digital, con rajes color del tiempo, como los que pedía “Piel de asno” en el cuento de Charles Perrault. 

Hubo delicadas mariposas y poéticas palomas que se proyectaban en el vestido, y que salían volando, y corazones que palpitan cuando el traje blanco se tornó rojo pasión, y apareció un devoto caballero ante la encantadora y encantada joven. 

En el desfile del creador francés Jean Paul Gaultier, que comenzó con hora y pico de retraso, hubo mucho negro, con algunas explosiones de color y metales, y mucho glamour, romanticismo y decadencia del siglo XIX. 

El diseñador se inspiró para su colección en un filme de Sylvie Verheyde que vio cuando fue jurado del Festival de Cine de Cannes, en mayo pasado: “Confesión de un hijo del siglo”, basado en una novela del escritor francés Alfred Musset. 

La película no estaba en concurso por la Palma de Oro, pero Gaultier confesó que la había ido a ver “por curiosidad”, sobre todo por su intérprete, el rockero británico Pete Doherty, que da vida a un “dandy decadente” y “seductor”.

“Al salir del filme, me dije 'Mi colección, es él'“, contó el diseñador, que vistió a las modelos con prendas de corte masculino, acompañadas de sombreros de copa alta y paragüas. También ofreció vestidos con flecos, trajes largos y plisados en muselina, corsés transparentes. 

Hubo hasta un guiño al escándalo sexual protagonizado por el ex jefe del FMI, Dominique Strauss-Kahn, con una creación titulada “cuarto 2806”, en alusión al del hotel Sofitel en Nueva York. 

El largo traje de terciopelo negro dejaba ver totalmente los senos, bajo un velo de muselina transparente. Y la sala aplaudió. 

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