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Comprensión y amor para los niños hiperactivos

Mi hijo fue diagnosticado con Trastorno del Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Le ha tocado difícil y no solo a él, sino a mi esposo, a mis otros hijos y a mí también.

Todo comenzó cuando observaba que mi pequeño era bastante irritable, que su comportamiento no era como el de su hermano mayor. Por él constantemente comenzaban las peleas con su hermano, primos o amiguitos.

Me sacaba de quicio cada vez que me ponían una queja. No solo me dolía el hecho de que me estaba equivocando como madre, sino que también me dolía porque era predecible que él fuera el culpable.

Definitivamente mi hijo tenía una dificultad. ¿Culpa mía?, ¿exceso de trabajo? Fuimos al doctor. Haciéndole gestos, le insinué que me dolería mucho decir frente a mi hijo algunas verdades. Él inmediatamente respondió que era el niño el primero que debía enterarse de su dificultad. Bastante razón tendría.

Por ser aún tan pequeño, el diagnóstico no podía ser completo, pero se definió que era “oposicionista desafiante”. Son niños a los que tú les dices “no” y ellos con más ganas lo hacen, niños muy atrevidos, que no miden el riesgo. Saben quienes los aceptan y quienes no.

El que los acepta, tiene de ellos todo su corazón, obediencia y repuestas positivas, pero el que no tolera a este niño recibe todo lo negativo de él.

Luego de tener claro el diagnóstico, el doctor nos dio darnos tres recomendaciones. Papá y mamá asistirían a varias sesiones con una psicóloga. Segundo: el niño asistiría a terapia con la psicóloga. Y tercero: llegaría la medicación. Paso que en ese momento me negaba a dar.

Tomamos la decisión de darle mayor acompañamiento a mi “monito”. Hoy creemos que esto fue lo más importante. Renuncié a mi trabajo pensando que en un futuro este sacrificio se vería recompensado.

Se me salen las lagrimas cada vez que lo recuerdo: solo tomó una semana para ver los primeros frutos. Recuerdo que llegué a recogerlo al colegio, y mi pequeño traía una carita de orgullo y de felicidad que nunca olvidaré: no tenía cara de enojo porque le hubieran llamado la atención, ni tenía la cara triste porque sus amiguitos no lo quisieron acompañar durante el recreo.

Me da un besito y, de forma acelerada, me muestra el resultado del examen. Yo pensaba que me mostraría lo de siempre: 3 respuestas buenas de 18... Pero no.

Mi asombro y orgullo salieron a flote: ítenía 18 respuestas buenas de 18! Mis lágrimas y mi sonrisa no podían expresar más.

Luego empieza la montaña rusa. Después de cuatro años no me acostumbro. Los expertos dicen que hasta la adolescencia siempre habrán periodos de subidas y bajadas.

No podría decir que vivir con un hijo con TDAH es un calvario. Es más: es un reto, una dicha. Son niños enérgicos, graciosos, generosos, sensibles pero la sociedad todavía no los asimila.

Puede que algunos sepan qué es TDAH, pero no se ponen en sus zapatos. Miren la vida de un niño con este trastorno. Luego de pasar siete horas en el colegio, deben desatrasarse de lo que no lograron terminar, luego ir donde una profesora para reforzar aquello que no logró entender.

Quedan exhaustos, y no solo ellos: uno termina exprimido en todo sentido. Desde antes de pasar por ellos al colegio, uno piensa: “¿con qué estado de ánimo vendrá? ¿Si tendrá actitud para estudiar hoy? ¿Como le habrá ido con sus compañeros?”.

¿Y papá? Siempre debe estar ahí, dándole apoyo, diciendo que también cree en él, mostrándole su cariño.

Estos chicos son altamente recíprocos a los afectos. Mientras más les das, más resultados obtienes. Mientras más crees en ellos, mas confiados se sienten.

Si entendemos que se frustran fácilmente, sabemos que una grosería con seguridad se debe a algo que pasó durante el día que los tiene completamente desilusionados de sus capacidades.

No pretendo que mi hijo sea como Albert Einstein, Walt Disney o “Magic” Johnson, que también padecieron este transporto, sino que sea incluido en la sociedad y que se le trate con el respeto que se merece... que no pase por varios colegios hasta terminar en un “vagadero”.

Estos chicos no solo dependen del esfuerzo que ellos hacen o del acompañamiento de sus padres sino también del colegio en el que estudian, de sus profesores -quienes deben demostrar en estos casos su vocación de maestros-, de que los dejen de tildar de desorganizados y rebeldes.

Más bien un toquecito en la espalda diciendo: “ísabía que podías hacerlo! Tu si puedes!”. Obviamente corrigiéndolo, pero con amor, mucho amor.

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