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Decenas de venezolanas llegan a Cúcuta a ejercer la prostitución

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Por José Navia Lame

En la penumbra rojiza del local, Daysi le enseña su cédula a un posible cliente para certificarle que es venezolana. Tiene 27 años y desde hace seis meses trabaja como prostituta en uno de los bares ubicados cerca del Terminal de Transportes de Cúcuta.

Viene por temporadas. Hace seis días tomó un avión de Caracas a San Cristóbal, en el Táchira, y luego un transporte colectivo que la llevó hasta San Antonio, en la línea fronteriza.

Daysi es trigueña, alta y acuerpada. Usa tacones, shorts amarillos y blusa negra, escotada. Habla muy bien, con un lenguaje amplio y fluido. Dice que es administradora de recursos humanos, con dos especializaciones y varios años de experiencia en entidades del gobierno de su país. Pero hace dos años la despidieron y le tocó empezar a negociar con calzado.

“Me iba hasta Bucaramanga a comprar zapatos y los vendía en Caracas; al principio me iba bien, pero con la devaluación la gente dejó de comprar. Andaba muy desesperada y una amiga a la que conocí en el negocio de los zapatos me convenció de venir a trabajar en esto”, dice la mujer, que en menos de media hora ya se tomado tres Costeñitas. En este lugar, la Costeñita cuesta tres mil pesos, de los cuales ella recibe mil. Aclara, sin embargo, que su favorita es la Polar Azul Light. “Me tomo una caja yo sola”, dice.

A esta hora, las 2:15 de la tarde, hay nueve clientes y una veintena de chicas en el local. Algunas de ellas son ‘venecas’, como les dicen aquí. Las venezolanas vienen, sobre todo, los fines de semana. “Llegan el jueves o viernes y se van el domingo. Vienen de todas partes: de Caracas, de Maracaibo, de Barquisimeto, de San Cristóbal”, afirma uno de los meseros.

“La mayor parte de las mujeres que conozco son profesionales. Hay contadoras, administradoras; la otra vez vino una profesora de un colegio de Caracas. Me contó que aquí se ganaba, en dos fines de semana, lo mismo que le pagan allá en todo el mes”, me había dicho el día anterior el mesero de un bar del centro de la ciudad.

Los taxistas y los empleados de otros bares dicen que la ciudad se está llenando de venezolanas. Y aunque el secretario de gobierno de Cúcuta, Óscar Gerardino, afirma no tener cifras del fenómeno, la administración municipal comenzó a hacer batidas en las calles y en algunos bares y hoteles baratos. “Son medidas preventivas –dice el funcionario–, para mantener el orden durante la temporada de diciembre”.

El mesero de uno de los bares del centro afirma que las mujeres venezolanas comenzaron a llegar a los prostíbulos de Cúcuta a principios de este año, por la época en la que el bolívar tuvo otro bajón importante frente al peso. “Hace unos quince años era al contrario. Las colombianas pasaban por Cúcuta y se iban directo a los prostíbulos de San Cristóbal; ese era su sueño dorado, a nosotros ni nos miraban”, dice.

A juzgar por los testimonios recogidos, lo que ocurre con la prostitución en Cúcuta es reflejo de las políticas económicas en el vecino país: a mayor desabastecimiento y devaluación del bolívar, más venezolanas son empujadas hacia los bares cucuteños.

La caída de la moneda venezolana la resume el portero de uno de los bares: “Hace unos quince años usted cambiaba un millón de bolívares y le daban 17 millones de pesos y hoy, por ese mismo millón de bolívares, le dan como veinte mil pesos”. La cifra suena alucinante, pero es real.

También suena fantástico lo que cuenta Miguel Palacios, un profesor que se ha dedicado a estudiar los temas de frontera: “En San Antonio uno puede tanquear el carro, full, con 500 pesos y, con lo que cuesta una gaseosa y un pastel de garbanzo en un buen restaurante de Cúcuta, podría desayunar toda una familia en Venezuela.

Wendy, otra de las venezolanas que trabaja en un bar cercano al terminal de buses, resume así su situación: “En Venezuela me podría ganar 6000 bolívares mensuales en una oficina, pero para qué me sirven y si allá un par de zapatos cuesta 2500”.

Wendy anda por los 30 años. Es rubia, delgada y muy extrovertida. Vive en San Cristóbal, a hora y media en carro, y como solo trabaja los viernes y los sábados prefiere viajar en la mañana y regresar a su casa a las siete de la noche, antes de que cierren la frontera. También dice tener estudios universitarios: “Soy TSU (técnico superior universitario) en Publicidad y Mercadeo”.

El portero del prostíbulo y Wendy manejan unidades monetarias diferentes. El primero hace las cuentas en bolívares (que existieron hasta el 2012) y Wendy las hace en bolívares fuertes, la moneda creada en el 2008 por el entonces presidente Hugo Chávez, quien le quitó tres ceros a los precios de todos los productos y a los billetes, con lo cual, un millón de bolívares se convirtió en mil bolívares fuertes, pero su poder adquisitivo siguió a la baja.

ENTRE MÁS RATOS, MÁS BOLÍVARES

Algunas de las prostitutas venezolanas llegan a Colombia a través de intermediarios, que las ubican en los prostíbulos más cotizados y les dan alojamiento y comida por unos 50 mil pesos diarios.

Otras, como Daysi, viajan por su cuenta y se alojan en hoteles baratos. Eso les da mayor libertad para moverse por diferentes negocios. “Ellas -dice el portero de otro bar- prefieren trabajar donde las dejen entrar y salir, dependiendo de cómo esté la clientela, porque les interesa hacer muchos ratos”.

Un rato, en la jerga de las prostitutas, es una unidad de medida. Entre más ratos haga una de ellas, más plata gana. Y ‘hacer un rato’ significa ir a la pieza con un cliente durante unos veinte minutos.

Wendy, por ejemplo, dice que de 10 de la mañana a 6 de la tarde se hace unos seis ratos. Eso significa que en el día se gana unos 240 mil pesos (a 40 mil pesos el rato, en promedio). La tarifa del rato “depende de la cara del cliente” y de lo “cotizada que sea la hembrita”, explica un mesero.

Una de las prostitutas venezolanas más cotizadas en Cúcuta se hace llamar Liliana. Trabaja por temporadas en ‘La oficina paisa’, un local ubicado a cuatro cuadras de la alcaldía municipal. A Liliana, el mesero la describe como “blanca, pelirroja y alta”. Y, como para despejar cualquier duda agrega: “¡Y buena!”

“Liliana es de 10 ó 15 ratos en una noche, cuando hay buena clientela, las demás se hacen la mitad”, dice. El hombre oprime la aplicación de calculadora en su celular y hace el cambio de pesos a bolívares fuertes con la destreza típica de los habitantes de frontera para estas operaciones.

“Vea, si ella se hace diez ratos… póngale a 70 mil, porque a eso se los pagan, son 700 mil pesos. Eso son unos 35 millones de bolívares (el equivalente a unos siete salarios mínimos de Venezuela), entonces ¿dígame si no es negocio?”, dice el hombre.

Según él, las venezolanas que están dedicadas por completo a la prostitución llegan a Colombia con la meta de llevarse, por ejemplo, 100 mil bolívares fuertes, que equivalen a dos millones de pesos. Apenas logran su meta, regresan a su país y vuelven cuando se les acaba la plata.

LA PISTA DEL ABUELO CALEÑO

Algunas, como Daysi y Wendy, dicen utilizar el dinero para los gastos familiares. Daysi tiene un hijo de 8 años que ya le encargó una bicicleta y un balón del Real Madrid. Wendy vive con sus padres y su hija de 5 años.

Este año los padres de Wendy comenzaron a construirle un apartamento, pero les tocó parar la obra porque no consiguen materiales de construcción. “En Trainco (un almacén de San Cristóbal), la paca de cemento vale 120 mil –dice Wendy–, pero solo venden dos pacas por persona, con el número de cédula y RIF (Registro de Información Fiscal). Claro, hay gente en la calle que también vende cemento. ¿Pero cuánto vale? 800 mil, millón de bolívares. ¡Abusan!”.

Wendy afirma que este es su sexto fin de semana como prostituta. De lunes a jueves ayuda a sus padres en un negocio que estos tienen en San Cristóbal. “Ellos piensan que soy vendedora en un almacén de Cúcuta y les digo que me sale buena platica porque me pagan comisión”, dice.

Cuenta que comenzó a ejercer la prostitución después de separarse de su esposo. “No conseguía trabajo y sentía que debía hacer algo urgente, pues mi papá estaba asumiendo algunos gastos de mi hija”.

“Hace dos meses –dice Wendy– supe que una muchacha de mi barrio compró carro y se mandó a operar. Quedó bien bonita la chama. Me quedé intrigada y llamé a una prima que trabaja desde hace dos años en un bar de Cúcuta. Véngase y ensaya, prima, a ver cómo le va, me dijo ella”.

“No lo pensé mucho, porque si lo pienso, no lo hago. Me vine un viernes por la mañana; mi prima me presentó con el dueño del bar y le caí bien. A él le interesan las chamas que le produzcan plata y yo tengo actitud. Entro y salgo, entro y salgo. Cada vez que entro a hacer un rato le pago siete mil pesos por la pieza. Me quiere mucho. Si ya hasta quiere que venga los domingos”, dice Wendy.

Con el dinero de los seis fines de semana, Wendy se está pagando un tratamiento odontológico. Le cuesta unos 14 mil bolívares duros. “En cada cita me toca abonar 400 hasta que me enderecen los dientes”; además, compró un celular Huawei P6, que le costó 19 mil bolívares duros, y el resto lo invierte en sus padres y en su hija.

“No sufrimos tanto porque mis padres tienen un negocio, pero no sé cómo hace la gente que solo depende del trabajo. Mire no más, el arroz. Vale 13 mil, pero no se consigue. Y los que tienen, lo venden a 30 mil. ¿Quiénes? Los que tienen contactos”.

Por estos días Wendy tiene otra preocupación: las batidas de las autoridades colombianas. No quiere que la deporten porque perdería el derecho a regresar, así que está siguiendo una pista que le puede servir para obtener la nacionalidad colombiana. Su abuelo –ya fallecido– era un caleño que llegó al Táchira en los años 70. En la familia no saben nada más de él, pero ella está averiguando.

Dice que tiene que prepararse porque el próximo año será más difícil: “Ahora, en noviembre, viene otra devaluación. ¿Dígame, qué vamos a hacer?”. 

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