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Declaran calamidad pública por la contingencia de Hidroituango

Durante el Comité Departamental de Gestión de Riesgo se determinó declarar la calamidad pública por 30 días para atender la posibilidad de un nuevo crecimiento súbito del río Cauca, aguas abajo de Hidroituango.

La calamidad, según la Ley 1523 de 2012, procede cuando ocurren eventos naturales que causan daños, pérdidas materiales, económicas o ambientales, generando una alteración grave y extendida en un territorio. La medida permite ejecutar acciones de respuesta ante la emergencia y la apropiación de recursos.

Bajo esta figura, todas las entidades de prevención de desastres, alcaldes, Fuerza Pública, corporaciones autónomas, Cruz Roja y Dapard deberán presentar un plan de contingencia inmediato para la atención de las comunidades.

Luis Gilberto Murillo, ministro de Ambiente y participante del comité de riesgo, pidió revisar y ajustar el actual plan de monitoreo para el peor de los escenarios posibles. “Amerita que se ajuste porque no tenemos todos los equipos ni la periodicidad para hacer ese monitoreo”, indicó el funcionario.

TEMOR POR NUEVA CRECIENTE

Hace tres días que Fernando Pérez, pescador y baharequero de La Isla, en Tarazá (Bajo Cauca), no se mete al río. A sus 29 años, “el sordo”, como lo llama su familia, hace un esfuerzo por superar la vergüenza y admitir que por primera vez siente miedo de las aguas del Cauca, de las que ha sacado el sustento toda su vida.

Hasta el pasado viernes cruzaba el río sin mayor esfuerzo. “Era un hilito chiquito de agua. Yo aproveché para baharequear, porque siempre habían dicho que iba a haber una avalancha, pero nunca pasaba nada. Hasta el sábado”.

El muchacho se refiere a la creciente del río que destruyó una veintena de casas en el vecino poblado de Puerto Valdivia y que arrancó por lo menos 60 matas de plátano de su familia. Según registros oficiales, el caudal del río pasó de 2.300 metros cúbicos por segundo a 6.000.

Su suegra, Rosa Elena Jaramillo, cuenta que desde esa noche duerme “con un ojo abierto”, pues teme volver a salir corriendo con sus hijos y animales (cerdos y pollos) en medio de la noche y amanecer a la intemperie. “Eso es lo que a uno le duele: si todo el mundo dice que esto puede repetirse, ¿por qué no hay albergues habilitados para cuando tengamos que salir de la casa?”.

Muy cerca de La Isla, en el corregimiento de El Doce, Iván Reyes y Ramiro López hacen cuentas de lo que perdieron: el agua se llevó una mula del primero y dañó los estanques de cachama del segundo. Ambos tienen que andar en moto para cruzar a la vereda Barro Blanco, porque la fuerza de la corriente levantó y dañó parte de la estructura del único puente de la zona. Y toda la comunidad, además, sigue sin acueducto.

Hasta ayer ninguno de ellos había dormido más de cuatro horas, y ambos estaban a la espera de que funcionarios de la Alcaldía, la Gobernación o EPM los visitaran para ofrecerles soluciones.

UNA EXTRAÑA NOCHE

Los habitantes de la vereda El Pescado pasaron toda la tarde del domingo –y la del lunes también– lavando los enseres que pudieron recuperar. Yuliana Cardona, la única vecina que perdió su casa, contó que el agua subió hasta el barrio e inundó casi todas las casas.

Desde entonces el único tranquilo en el barrio es Pedro Julio Rúa, un pescador que a sus 96 años dijo que prefería morir en su casa que salir desplazado. Su hija Berta Inés narró que el día de la creciente fue necesaria la presencia del Ejército para sacar al abuelo de donde vive con su gato, un perro y varias gallinas. “Desde el sábado esto es una procesión. Por la mañana todos para las casas y por la tarde todos a los estaderos porque nadie quiere dormir abajo”, dijo María de los Santos, hija de don Pedro Julio.

Ya en el casco urbano del corregimiento, el hotel Portal del Norte se volvió, en la noche del domingo, en un retrato de lo que dejó la emergencia. Las empleadas de aseo y cocina no pudieron llegar a trabajar porque el agua las dejó sin casas; el dueño, Jaime Vergara, estaba de viaje mientras sus vecinas rumoraban que había salido del pueblo por temor al río.

Y en la puerta del hospedaje se agolpaban decenas de personas que querían alquilar un cuarto. Yesenia Ríos fue una de ellas. Aunque vive a menos de 10 minutos del hotel dijo que no quería pasar la noche en su casa y amanecer inundada, por eso prefería pagar para dormir más segura. Como ella llegaron varias familias más y a las 8 de la noche el lugar estaba copado.

A cinco minutos de allí, en el coliseo, unas 250 personas –de las 600 evacuadas el pasado sábado– escuchaban al alcalde Jonás Henao con su promesa de una nueva vivienda en seis meses. “Si no les cumplo vayan a mi despacho”, dijo.

La comunidad hablaba en voz baja. “Es la primera vez que nos vemos en esta situación. Nosotros solo nos habíamos unido y reunido con las autoridades para hacer paros y bloqueo de vías”, reveló Teresa Jaramillo, líder social.

En todo Puerto Valdivia lo que no ha cambiado desde la creciente es el miedo. Casi todas las conversaciones siguen girando en torno al proyecto Hidroituango y la posibilidad de que el río suba.



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