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Madre, viuda, política, esposa: cuatro rostros de la guerra en Colombia

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Judith Casallas busca a su hija desaparecida hace nueve años, la congresista Clara Rojas estuvo seis años secuestrada por las FARC, al marido de Fabiola Perdomo lo mató la guerrilla y Yomaira Socarrás fue dos veces desplazada por grupos violentos en Colombia.

Como ellas, unos ocho millones de personas han sido víctimas del conflicto armado colombiano desde hace más de medio siglo. Guerrillas de izquierda, paramilitares de derecha y agentes estatales han participado en la confrontación, con un saldo de 260.000 muertos, 45.000 desaparecidos y 6,9 millones de desplazados.

Si el domingo los colombianos aprueban en las urnas el acuerdo de paz firmado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, comunistas) y el gobierno de Juan Manuel Santos, la principal guerrilla del país dejará sus armas.
   
Madre de un recuerdo
   
El 7 de octubre de 2007 Mary Johana, de 22 años, desapareció. "¿Quién fue? No sé, hasta el sol de hoy, no sé", dice su madre, Judith Casallas, que lleva 9 años buscándola y "atesorando" los regalos de Navidad que nunca le dejó de comprar.

"Yo espero que ella venga y los vea y se dé cuenta de que siempre estuvo con nosotros", dice a AFP Casallas, al contar que Mary Johana desapareció junto a su esposo, José Didier, durante un viaje a Pance, al sur de la ciudad de Cali (oeste).

La única pista que tiene de ellos llegó en 2011, cuando una funcionaria del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) le dijo que habían visto a su yerno y que lo tenía el Frente 30 de las FARC. De su hija, nada.

"Nunca una llamada", lamenta esta mujer de 55 años que espera que con el pacto con las FARC "realmente haya una paz". "Para nosotros los afectados es una esperanza grandísima de saber la verdad".

"Cuando yo estaba pequeña escuchaba que la guerrilla era buena, que ellos eran los que ayudaban a la gente. Ojalá recuerden eso y nos ayuden a encontrar a nuestros familiares y, que sea lo que sea, pero al menos uno poder decir: 'Ya sabemos qué pasó con mi hija' y poder descansar", dice, resignada.
   
Secuestrada por política 

La hoy congresista Clara Rojas era jefa de campaña de la candidata presidencial Ingrid Betancourt cuando las FARC las tomó de rehenes en 2002. "Duramos casi seis años secuestradas y fue una experiencia muy difícil, muy dura", cuenta.

"A mí lo que más me impactó (...) fue el aislamiento. El hecho de un momento para el otro de ser privado de su capacidad de ser, de decidir, de pensar", relata esta mujer que sin previo aviso pasó de vivir en la ciudad a estar en una selva inhóspita y bajo una amenaza de muerte permanente.

"Este fenómeno del secuestro, en los últimos 40 años más de 40.000 personas lo sufrimos" en Colombia, asegura Rojas, quien tuvo un hijo durante su prolongado cautiverio.

Ahora, confiesa que le es difícil rememorar el secuestro y "verbalizar" sus sentimientos. "Quisiera vivir el presente y acogerme a esta paz", dice también sobre el pacto con las FARC.

"Creo que es incluso uno de los mejores acuerdos que se ha firmado en los últimos años, a nivel mundial" porque las víctimas están en el centro. "Eso es inédito". También "hay una gran apuesta a la dignificación del campo", otro tema que le preocupa y que es raíz de la confrontación.
   
Viuda por una masacre
   
En abril de 2002, 12 diputados del departamento de Valle del Cauca fueron secuestrados por las FARC. Cinco años después, 11 murieron a manos de sus captores, en una masacre que le quitó a Fabiola Perdomo al hombre que le "robó el corazón" y padre de su hija.

Hace tres semanas, Perdomo viajó a Cuba, donde por casi cuatro años negociaron el gobierno y las FARC, para encontrarse con los responsables de la muerte de su esposo, Juan Carlos Narváez. "Fui a encontrar respuestas a muchas preguntas", dice sobre la reunión en que líderes guerrilleros pidieron perdón por la masacre.

"Tener a los victimarios frente a frente, poder decirles todo el daño, todo el dolor que se siente, poderles reclamar y poder sacar toda esa rabia que llevaba por muchos años en mi corazón, me permite decir que este ejercicio es sanador, que es muy doloroso pero muy necesario", asegura esta mujer de 47 años.

Perdomo trabaja en la gubernamental Unidad para las Víctimas y escucha a diario historias de quienes también han sufrido la confrontación. Por eso, apoya la paz.

"Hay que apostarle a acabar con las FARC, pero acabarlas por la vía civilizada", dice. "Los vamos a desarmar votando 'Sí' al acuerdo de paz y, luego, cuando tengamos la oportunidad en el futuro de enfrentarlos ya políticamente, (...) los vamos a derrotar en las urnas".

Esposa desplazada 

Dos veces tuvo que dejar Yomaira Socarrás su casa por amenazas. En ambas ocasiones tuvo unas horas para empacar, echar el cerrojo y empezar de cero, con varios niños a cuestas.

La primera, en 2005, paramilitares de derecha, que combatían a guerrilleros muchas veces con ayuda militar, le advirtieron que debía dejar la ciudad de Villavicencio (centro). "Fue un desplazamiento muy tranquilo, a mí me avisaron que mejor me fuera del sector porque mi esposo era soldado", relata, impávida.

En 2008 fue más violento. Señalada como informante militar por guerrilleros en Istmina, Chocó (noroeste), debió abandonar esa región adonde habían llegado a unos terrenos de familiares. "Me llegaron como 70 hombres de las FARC y me dijeron que tenía que salir, que si no, me mataban a mí con todos mis hijos", relata esta madre de cuatro sobre el hecho, ocurrido de madrugada, mientras su esposo trabajaba.

"Lo más difícil es tener que llegar a hacer una nueva vida", dice Sánchez, desde Soacha, barriada del sur de Bogotá donde viven desplazados de toda Colombia. Su marido, mal de salud, hace cualquier oficio para completar su pensión de invalidez.

Sobre el proceso de paz siente "alegría", pero dice que le "quedan muchas dudas". "Van a dejar las armas (...), pero de una u otra manera la violencia está en todos lados y no sabemos si se armen más grupos".

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