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100 años de reggaetón

Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, Úrsula recordaría aquella tarde remota en que sus amigos la llevaron a conocer la alegría visceral.

Por aquella época, el mundo era tan reciente y triste que la única diversión del pueblo era ver el sol al amanecer. Las gentes yacían petrificadas en las puertas de las casas y entre menos se movieran mejor porque evitaban los estragos del calor sofocante. De cuando en cuando sin embargo, uno que otro se reunía en la caseta de la plaza para escuchar melodías de un solo instrumento que traían los gitanos desarrapados. Era la segunda mejor diversión, sin duda.

Un día, después de haber llovido sin parar 5 años, 7 meses y 22 días, un día en que el sol era como siempre depresivo, las nubes humectantes, la brisa muerta y el bochorno pesado hasta el punto de que los peces atravesaban la habitación nadando, llegó sin avisar una caseta gitana con una nueva melodía, que aunque imperceptible, sus notas salían con decisión a nadar por el aire y comenzaban a entrar como Pedro por las casas del pueblo. Eran como notas autodirigidas, que fueron impactando uno a uno los habitantes del pueblo, electrizándolos y haciéndoles mover las caderas sin querer queriendo.

Las señoras del pueblo estaban escandalizadas con la música. Su letra era vulgar. Úrsula, que la mitad de su vida la pasó empotrada en la mecedora de la puerta de la casa, también lo decía airosamente en las reuniones con sus amigas, hasta que decidió mandarle a instalar unos tapaorejas de castidad a su hija. Entre todas buscaban expulsar de una vez por todas a los gitanos del pueblo, y con ellos, a Melquíades, el protagonista de tan vergonzosa melodía.

Una noche de viernes yendo para su casa, las notas autodirigidas le llegaron al oído y sin poder evitarlo, le poseyeron el cuerpo. Sus caderas tomaron vida propia y de repente y de casualidad, unos amigos que pasaban por ahí la invitaron a la caseta. Entre esos estaba Prudencio, hombre apuesto que donde la veía le guiñaba el ojo, pero que ella, gracias al cinturón de castidad que traía en el alma, lo ignoraba por defecto, aunque sin mucho quererlo. Aún así no podía creer la insinuación, ¡el colmo!… pero sin más pensar y sin habérselo propuesto miró si a su alrededor alguien la conocía y miraba, y cuando reaccionó entendió que lo que quería era azotar baldosa. ¿Acaso era una droga? Trató de justificarse de todas las maneras de que no debía hacerlo… pero sin poder evitarlo, se dejó llevar; al fin y al cabo nadie la miraba.

Eran las 9 A.M. del sábado cuando abrió el ojo, y aunque tuvo un shock de unos segundos, una inevitable pero grandilocuente sonrisa le apareció en la cara. Nunca una melodía le había producido lo de esta. “Al parecer la razón no puede dominar lo que en el fondo quiere la mente”, pensó resignada. Y de pronto, como si la hubieran cacheteado, reaccionó asustada. Se paró corriendo a buscar a Amaranta y apenas la vio, le apretó con fuerza y decisión el tapaorejas de castidad, como para que ni por error le entrara nada por ahí, jamás.



*Director de Criterium - Investigador de mercados – mercadólogo - asesor estratégico



gerardo@criterium.com.co

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