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25 años

Hizo ayer veinticinco años que asesinaron a Guillermo Cano, pero nunca habría sido tan necesaria una vida como lo fuera ahora la suya.

Lo digo por haber estado muy cerca del colombiano y del periodista durante un decenio, escuchando su visión del país y sus problemas, aprovechando sus consejos y admirando la consagración de quien era fiel a su oficio y leal a sus compatriotas. Mi patrimonio verdadero –le oí decir un día– es el crédito de confianza que me abonan las páginas de El Espectador.

El rigor del magisterio de Guillermo fue una experiencia que me permitió identificar, en cada una de sus enseñanzas, las virtudes y el temple de su estirpe. Por eso asumió la lucha que lo llevó a la muerte como una misión en la que el periodismo colombiano no podía transigir, ni flaquear en el empeño de obrar sin miedo ante la máquina de muerte del narcotráfico. Si estaban en juego los valores de una sociedad acorralada por todas las venalidades, un nieto de Fidel Cano, hijo de Gabriel Cano y sobrino de Luis Cano tenía que mostrar la casta. Y la mostró, porque prefirió su sacrificio a la claudicación.

Guillermo fue menos escritor pero no menos periodista que su abuelo, su padre y su tío. Su periodismo marchó liberado de presiones y opresiones cuando estaban de por medio los principios y las convicciones, y lo ejerció emancipado de pasiones políticas que pudieran teñir de partidismo el análisis de un hecho que requiriera imparcialidad para ponderarlo o censurarlo. Si en los Cano había desdén por el poder, era lógico que informaran y escribieran para crear opinión, no para deformarla. Ese es el costo de un deber que surge del derecho del público a saber lo que pasa y por qué pasa. No se dice lo que el lector quiere que le digan, sino lo que necesita saber.

Merced a este criterio orientador, las cuatro generaciones que durante un siglo tuvieron en sus manos El Espectador ganaron credibilidad. Si se perdía un afecto por denunciar una verdad, que prevaleciera la responsabilidad del periodista. Quería decir, entonces, que el afecto perdido emergía de un interés que desconocía la obligación de juzgar con honradez profesional un extravío o una actitud desacertada. Pudieron equivocarse, pero jamás vacilaron en la función de valorar críticamente la historia diaria de una nación en incesante olor de convulsión.

Los días anteriores a la muerte de Guillermo estuvieron recargados de tensión. Las revelaciones del periódico sobre todas las atrocidades de los carteles de la droga, en especial las relacionadas con el de Medellín, le pusieron precio a su vida. Sus pesquisas fueron un estorbo para la delincuencia, y la solidaridad de que se vio rodeado fue muy precaria. El Estado y su partido, que ejercía el gobierno, lo dejaron sin protección, mientras buena parte de las autoridades les vendían su indiferencia a las organizaciones criminales con desfachatez.

La lección del pacífico combate de Guillermo Cano contra el poder aplastante del genocida que lo mató fue, sin la menor duda, la prueba que nos exigió la adversidad para reconocer en su coraje la patriótica obsesión de un gran ciudadano.

Ayer se cumplieron 25 años de su muerte, y el tiempo no se ha puesto amarillo sobre su fotografía.



*Columnista



carvibus@yahoo.es

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