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Agresiones y atrocidades

A diario nos referimos a las atrocidades que cometen los delincuentes.

Las agresiones, que dejan muertes o lesiones que lisian para siempre a las víctimas, provienen de agentes del Estado, insurgentes, sicarios adiestrados en academias o ciudadanos del común que en estado de ira no controlan el rencor. Esto suscita repudio, nos hace sentir que perdemos la tranquilidad y acentúa la desconfianza que provocan quienes nos rodean. Recobrarlas, piensan muchos, es un imperativo. Proponen que arremetamos sin tregua contra los delincuentes, a quienes se les debería condenar a prisión perpetua, sobre todo cuando sus fechorías recaen sobre menores o mujeres.

Nadie duda de que necesitemos identificar, enjuiciar y condenar a los que agreden. Pero también importa establecer los motivos que los lleva a aniquilar, lacerar o desfigurar a sus víctimas. Porque, a pesar de que las autoridades reportan avances en la captura de los homicidas, acrece el número de los que ejercen violencia, atemorizando a toda la sociedad. Es un problema que nos concierne a todos. Atenuar sus efectos depende no sólo de nuestra cooperación, sino de la intervención decidida de las autoridades a las que les compete hacer los diagnósticos y diseñar las estrategias para combatir el mal.

Para que esa labor arroje réditos es inevitable no sólo superar la premisa de que lo que ocurre sólo halla su soporte en la crisis de valores que padece la humanidad (desde cuando se desconocieron las directrices de la Iglesia, a pesar de que en época en que imperó también hubo crímenes que nos conmueven todavía), sino integrar un equipo compuesto por profesionales en diferentes áreas que, permanentemente, se dedique a interpretar lo que ocurre en su entorno, tanto para determinar los desajustes que vive el colectivo, como los desquiciamientos que afectan a los individuos.

No es que uno pretenda que con identificar las causas que la originan, la violencia se extinga. Ella es connatural al hombre, por lo tanto la padeceremos siempre, sobre todo mientras haya quienes intenten imponerse contra la razón, proteger actividades por fuera de la ley o desesperen ante la imposibilidad de superar las carencias. No obstante, no sólo no podemos renunciar a prevenir o menguar sus consecuencias (aprendiendo y enseñando a contenernos ante una incomodidad, un reclamo o una discrepancia), sino que debemos enfatizar en la conveniencia de dialogar despojándonos de arrogancias, egoísmos y sectarismos cuando entablamos una conversación con el propósito de dirimir una diferencia.

Otro aspecto que incidiría en la merma de la violencia es la construcción de confianza en los funcionarios que cuentan con potestad para determinar a quién le asiste la razón, no como la consecuencia de acatar un dogma, sino como la certeza de que ellos asumieron la tarea de dictar el derecho con racionalidad y prontitud, de modo que experimentemos la inutilidad de tomar justicia por cuenta propia.

Todos estos empeños fructificarán en la medida en que la sociedad, como se anotó atrás, se conjunte para empujarlos y repudie en público las atrocidades que se cometen o las omisiones en que incurran, pero manteniendo la ecuanimidad para que los castigos que se les impongan a los delincuentes no terminen siendo linchamientos o venganzas.



*Abogado y profesor universitario.



noelatierra@hotmail.com

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