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Aguas de noviembre

Una de las virtudes de la nostalgia consiste en que las cosas se siguen viendo como fueron alguna vez, como se metieron en el recuerdo al momento de las despedidas. Parece que adquirieran allí una protección que las hace invariables, un toque de complicidad que permite reconocerlas aún en medio de las tormentas.

Sin embargo la nostalgia surge de la imposibilidad de volver a algo que los días dejan o cuyo paisaje modifican. O de contemplar un dibujo interior que apenas está ahí. Tal vez este equipaje, ligero o pesado, según la generosidad de la vida sea en definitiva lo único que se tiene. Se preserva allí sin aseguranza y sin riesgo de pérdida.
Me ocurre con noviembre y sus fiestas, su borde inminente de final del año escolar y la proximidad de diciembre con su esplendor de primavera en el trópico. Uno de los signos era la soledad del colegio después de la entrega de las calificaciones, sus patios apenas recorridos por la brisa, y un silencio distinto a los otros silencios.
Enseguida, como si se pegaran las fiestas de quienes se graduaban con los festejos de la Independencia, la ciudad quedaba sumida en los peregrinajes libérrimos de los disfraces, las explosiones de la pólvora, las canciones nuevas y los sones viejos, y un tiempo sin minutero que derrotaba los relojes.
En ese entonces desde los barrios de Crespo, El Cabrero, cuando no era mocho, hasta las ciénagas de El Bosque y las arboledas de Ternera, un fluir continuo de gente iba y venía con sus capuchones de una Inquisición amansada. Todos confluían en el centro de la ciudad vieja con sus balcones de polilla escondida por los lazos y festones. Era un tiempo para vivir en la calle y bailar con quien fuera apenas reconociéndolo por la máscara. Había que hacer cola a la entrada de las garitas, los nidos de los cañones, las almenas, para buscarle refugio a un beso o algo más que un beso.
Las máquinas del cuerpo de bomberos, además de apagar incendios, las usaban para llevar a las candidatas a reinas del aeropuerto a los hoteles. Debe ser interesante examinar la idea de belleza femenina desde los primeros reinados hasta hoy.
Por algún motivo la experiencia más entrañable consistía en terminar las fiestas frente al mar. Así me despedí de ellas al concluir el bachillerato. Salimos con mi amigo Óscar Bertel, y aprovechando los artilugios de los disfraces pudimos ayudar a escaparse a una monja que era su enamorada por entonces. Esa noche visitamos los salones de baile de los hoteles del centro antiguo y a punto de disolverse la oscuridad llevamos a la monja a la capilla del convento antes de la primera misa. Pasamos el cordón de las fortificaciones y nos quedamos contemplando el mar donde un toro se ahogaba.
Después recorrimos las calles con la huella de una fiesta irrepetible, la brisa matutina empezaba sus remolinos pequeños y aún los perniciosos imbatibles tenían fuerza para oír un bolero más.
Es probable que noviembre haya cambiado aunque uno siga escuchando a Felipe Pirela. Y el diciembre de entonces se fue con la infancia. Y a lo mejor muchos de los sueños se cumplieron y nadie se dio cuenta.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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