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Ahí todo se parece a Macondo

Más que una casa, ahí sólo existe el fantasma de una casa entre cuatro paredes y un techo invisible traspasado por el aire de devastación que se quedó en el cuadrante de la plaza, en las esquinas desoladas y en las calles y traspatios de pesadumbre que circundan aquel lugar.

El árbol de laurel que nadie jamás sembró ni vio crecer ni en sus ramas anidar los pájaros y el aljibe que acopió las aguas de un invierno en el que hasta los muertos naufragaron y que tanto llanto hizo derramar a Isabel, no fueron más que la nostalgia anticipada de los aguaceros diluvianos y los veranos interminables que sofocaron la historia de un pueblo signado por el viento de la devastación y el sopor de su precaria existencia.

Ahí todo se parece a Macondo: El tren que en este instante pasa frente a mí, a las cuatro de la tarde, arrastrando su interminable cola metálica, es el mismo tren amarillo que resoplaba entre los platanales hace doscientos o más años, sólo que este de ahora es gris y no lleva bananos sino carbón y pasa por Macondo con una hora exacta de retraso.

¡Ni siquiera el tiempo se ha alterado más de una hora en aquel pueblo de espejismos!

Es tan antiguo el tiempo en ese paraje, que sólo ahora empiezan a deteriorarse las sábanas de holán que en su ascensión al cielo se le quedaron enredadas en los alambres del patio a una muchacha con nombre de virgen de Riohacha, cuya santidad y belleza ha sido el único suceso que por siglos ha conmovido al pueblo.

Y del cual hay registro cabal y cierto, según me atestiguó Guillermo Henríquez, un dramaturgo de Ciénaga, Magdalena, porque fue él quien sembró y cuidó con esmero las astromelias de variados colores que poblaban el patio del milagro.

Ni el obispo que llegaba cada cien años con aires de emperador ni el alcalde perpetuo que pagaba sus cuentas con cargo al erario ni el cura que levitaba a punta de chocolate caliente ni las cumbiambas interminables de algún Buendía, alto y de ojos azules, los conmovió tanto como el milagro de las sábanas que un siglo después empiezan a apolillarse a la vuelta de la casa del poeta Rafael Darío Jiménez, el único sobreviviente de la hojarasca inmemorial asentada en aquella aldea que fue construida a la orilla de un río diáfano y cristalino que nunca existió más allá del tren de la imaginación y la fiebre del banano.

Y en el que todo acontece como en Macondo, ese pueblo de errantes que se quedaron para siempre en un tiempo desusado y alejado de todos los inventos: de los médicos y de la medicina para sanar los males que los abruman, de los caminos y de la rueda para avanzar, de las comunicaciones y del telégrafo para que hablen y los oigan del otro lado del mundo.

Sin ojos y ciega, una Santa Lucía que en su adolescencia debió ser bella como Remedios, reposa entre la maleza y los chécheres centenarios arrinconados en la casa donde alguna vez funcionó el telégrafo que llevó a Macondo un sinceano que, además de experto en las teclas, era enamoradizo y versado en el arte de la medicina y la poética.

Fue por él que el mundo supo de la existencia de Macondo y de la peste del olvido. Desde entonces, nunca más se ha vuelto a saber de aquel pueblo perdido en los recovecos tortuosos de las sucesivas pestes del olvido que le han sobrevenido…

*Poeta

elversionista@yahoo.es

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