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Algo más sobre la violencia

Que todos los días los periódicos de la ciudad informen sobre uno o más asesinatos, robos a mano armada y actos de violencia desmesurada contra las mujeres y los niños no parece extrañarle a nadie.

 Hacen parte de nuestra normalidad. Como también hace parte que en barrios como La Concepción sus habitantes se quejen de que no pueden transitar las calles sin exponerse a ser víctimas de un crimen.

¿Qué paso en aquella vieja Cartagena en la que sus vecinos se placían en hablar de su cotidianidad sin sobresaltos? ¿En aquella vieja ciudad en la que un asesinato era un acontecimiento, algo que por su rareza se convertía en el gran tema de conversación durante semanas enteras? ¿Cómo pasamos de una cultura de la convivencia alegre y despreocupada, signada por la tolerancia y la espontaneidad a una vida barrial donde impera el balazo y la cuchillada?

Muchos factores han hecho posible esta transformación radical. Tantos y tan estrechamente relacionados los unos con los otros que no es del caso enumerarlos y analizarlos en esta pequeña columna. Podríamos, sin embargo, decir de pasada que cambios profundos en los valores que gobiernan las relaciones sociales, acompañados de otros no menos dramáticos en la arquitectura y el crecimiento urbano, que transformó la vivienda y su relación con el entorno, han tenido su participación en el deterioro progresivo de la vida comunitaria.

No sé, por ejemplo, si una casita de 34 metros cuadrados, rodeada de cemento por todas partes, calurosa como el infierno mismo, y habitada por un promedio de cinco personas con ingresos muy inferiores al salario mínimo, puede ser morada de niños sanos. O si, por el contrario, termina siendo el hábitat de adolescentes resentidos y llenos de profunda amargura, con grandes dificultades para estudiar y expuestos a encontrar en las pandillas la autoestima, el sentido de pertenencia y la solidaridad perdidas.

Sea lo que fuere, el hecho es que la violencia crece en Cartagena en progresión geométrica. Y se expresa en todas sus formas posibles: violencia del narcotraficante, de las bandas criminales, de las pandillas barriales, de los adultos contra los menores, de los hombres contra las mujeres, etc. Y lo grave es que no parece que hayamos encontrado una estrategia eficaz para combatirla. Sobre todo, si uno juzga por los resultados.

No tengo yo tampoco la fórmula. Pero si creo que el problema es de tales dimensiones y presenta características propias en el Caribe colombiano, que bien valdría la pena que los gobernadores y alcaldes de la región hagan de su solución un propósito colectivo, y lo eleven al carácter de prioridad. Quizá sea más fácil diseñar estrategias efectivas contra la violencia si se convoca a toda la región a una lucha común, dotada de los recursos necesarios y de la capacidad de acción que se requiere.

Ya está visto que las ciudades caribeñas, pequeñas y grandes, nada pueden contra este monstruo que se fortalece día tras día ante nuestros ojos. No hay más remedio que actuar juntos, haciendo conciencia de la terrible gravedad de una violencia que como la medusa mitológica tiene múltiples cabezas.



*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.



alfonsomunera55@gmail.com

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