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Amy y Joe, genios para siempre

Siempre he creído que hay un sino trágico que acompaña las almas de los genios del arte. Algo oscuro que se asoma en sus vidas llevándolos al encuentro con la fatalidad. La historia está llena de esta amalgama dolorosa y celestial que se pasea por los abismos del ser humano.

¿Cuál maleficio puede esconderse, sórdidamente, detrás de un ser elegido por los dioses para crear belleza y conmover los sentidos? ¿Qué conjuro indescifrable lo guía hasta verlo desplomarse entre la ilusión de las drogas y la soledad de la brillantez suprema? Habría que invocar el espíritu de Freud para hallar las respuestas. En ese camino lleno de espinas, parece que la genialidad necesitara nutrirse de su propio calvario, para crear esas obras imposibles que la separan de los demás.

No tengo duda que Joe Arroyo y Amy Winehouse están en ese lugar reservado para los escogidos. Ambos transitaron la miseria y la gloria, ambos resucitaron de sus cenizas para hacer simple lo complejo, ambos nos llevaron al cielo con su voz que parecía venir de algún lugar inimaginable, mientras intentaban encontrar esa puerta misteriosa que los condujera a la paz, esa, que al parecer sólo podría dárselas la muerte.

Joe y Amy, uno nacido en el trópico cálido, envuelto en la pobreza macondiana y el ruido de los picos, la otra, hija del mundo opulento, arropada por la historia, la ciencia y la realeza. Separados por miles de kilómetros de océano, el idioma y el desarrollo, pero unidos por ese plus que sólo tienen los señalados por el azar: la genialidad.

Amy, anoréxica, tan delgada que parecía desfallecer en cada grito, se elevaba con su garganta prodigiosa, transitando entre los centros de rehabilitación y los premios grammy. Joe, naufragaba entre la enfermedad y su imaginación sin límite, inventaba la felicidad entre la tragedia, recreaba la historia sin ser letrado, componía el amor vestido de sones y rendía tributo al bailador, la esencia de su música.

Todos les debemos algo, todos en algún momento nos vimos reflejados en sus canciones que al mismo tiempo nos llevaban al sufrimiento y al éxtasis. Ella con sus lamentos inspirados en el soul de los antiguos esclavos y el otro fundiendo el castigo a la negra con la alegría de un chande. Amy y Joe protagonistas de la novela real que a veces la vida se encarga de juntar, no físicamente, pero si en esa dimensión inalcanzable de la creación espontánea, verdadera, que fluye solamente en los que recibieron ese don escaso y que los hace inimitables, irrepetibles.

Se fueron pronto, cuando todavía sus mentes prodigiosas, estaban en ebullición, quien sabe qué sonidos hervían aún, en sus corazones, para exorcizar sus noches en vela, sus miedos y sus lamentos. Pero nos dejaron un legado invaluable, sus canciones que sonarán para siempre.

Cartagena de Indias puede estar tranquila, al lado de sus próceres, de sus mártires y de sus pro hombres, descansa un genio, uno igual que los nacidos en las islas británicas, uno que no necesitó estudiar en Cambridge, para llenar el universo de canciones formidables que reflejan la historia y la cultura nuestra, un genio que vivió como genio y murió como los genios, los únicos a los que la muerte hace inmortales.



cargaries@yahoo.es

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