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Aroma de café

Los viajes largos le borran al viajero la perspectiva de la vuelta. Se quedan entonces en una frontera inmóvil donde por momentos los recuerdos parecen desaparecer.

Esta sensación se acrecienta cuando se arriba a un lugar cuya geografía, calles, edificios, estatuas, parques y gentes, apenas son imágenes y sombras que dejan una novela o algunos libros con testimonios de peregrinos. Pareciera que el viajero se desprende de algo imperceptible.

Era una levedad nueva que sentí por primera vez en Port-au-Prince donde el avión hizo una escala. A la hora de luz improbable, huidizo crepúsculo, y aire denso del Caribe, el salitre parecía pegar su escarcha al fuselaje de la aeronave. En este instante la luz parece condenada a fundirse con las tinieblas.

Se viaja despojándose. Extenuado de desalojo caí en la claridad equilibrada de la tarde extendida en el verano incipiente de Viena.

Quedan pocos signos para reconocerse y se está más desvanecido que cansado.

Un baño de agua caliente desprende las migas que dejó en la piel la noche de avión

A. y J. vendrán ahora para hablar y caminar un poco. Indican un café y entramos. El Central. Allí se sentaba Trotsky en sus exilios a leer y escribir. Cada treinta minutos la cortesía de un pequeño vaso de agua. El implacable Krauss. La figura de Altenberg ocupando todavía una mesa. Nada de ruindad. Por el contrario, la elegancia del imperio en las paredes y columnas. El olor estimulante de diversos granos.

Me sorprendió la sabia veneración a un refugio de conspiradores y foráneos, de conversadores de buena ley y de silenciosos. Un espacio sin propósito donde apenas se tiene lo que se lleva y un café. Hoy me viene la pregunta de por qué desaparecieron aquellos rincones de Luis Carlos López y Artel. El uno con su anisado del mono y el otro con su ron. Mesas que hoy calentarían Rómulo Bustos y Raymundo Gómez-Cáseres.

Acepté el fervor por algo que definía la sensibilidad de nuestros tiempos: el café. Exigía un lugar y un rito. Me asomé a la mesa de Musil. Compré rosas en la alta noche a los turcos del pequeño café enfrente de la iglesia de Francisco. El café evita la locura de los pensamientos en libertad.

Algún invierno de violinistas desencantados, vi la pecera de humo del café Hawelka. Cerca, una placa de bronce brillado cada mañana, en el modesto hotel, proclamaba que allí el señor Kafka se alojaba en sus llegadas.

En Hawelka, Óscar Collazos hablaba con la desatada Jellinek, premio Nobel austríaco. El campeón de carreras, Lauda, ocultaba los desastres de su accidente con una gorra coqueta de pelotero. En las paredes cuadros de pintores, grabadores, fotógrafos que empezaban. Y al fondo, omnipresente sin esfuerzo, Herr Leopold en el sillón a rayas rojas y amarillas. Siempre por las mañanas porque su mujer lo remplazaba en las noches. Jamás abandonó su corbatín, el chaleco de lana y su camisa a rayas bajo la americana marrón como la bufanda de Linus. El café olía a pan y al humo de los fumadores sin ansiedad que allí anclaban. Cada día el pintor de Viena, Hundertwasser, se sentaba en Hawelka a pensar las etiquetas del agua embotellada.

Me avisan que Leopold ha muerto en la cuesta de los 90 años. Esto aumentará la tradición del Hawelka, a pesar del mal invento del turismo.



*Escritor



rburgosc@etb.net.co

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