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Buenas de cuando en vez

Hay momentos en la segunda juventud donde se avizora el crepúsculo, en que se forma una atarraya de hechos y situaciones que manifiestan las disposiciones del indesci-frable destino. De su transcurrir reservado.

Desde la escuela a Germán Bustamante lo llamábamos “el gato”  por el destello felino de sus ojos rasgados que comparte con su her-mana María Sixta. Él pertenecía a los alum-nos del señor de La Salle que vivían en el Centro viejo de Cartagena de Indias. Tam-bién: Sanfeliú, Espinosa, Pinaud, Hernández, Eljach, Guevara, Paz Viera. A los demás nos causaba extrañeza y curiosidad, esa residencia en casonas que convertían en un laberinto sus interiores. Algunas tenían zaguanes, otras traspatios y carboneras, todas un gato y la mayoría un patio interior con árboles de uvita de playa, papayo y guindas, y un loro indesci-frable que sobrevivía desde los días en que los loros se sintieron mejor en estas tierras que en el bamboleo de las embarcaciones corsarias.

La duda mayor eran los fantasmas. Se de-cía que en algunas casas se oía en las noches, desde el brocal del aljibe caer al fondo y rebo-tar, el llanto de un hidalgo cuya dama fue raptada por un pirata. O la gritería de voces cuidadas a punta de ron con pólvora de un pirata enamorado. O la sombra de telas de una mujer melancólica. Los vecinos la veían al atardecer en los miradores invadidos por las palomas, y se gastaba los ojos en la incansable esperanza de divisar una vela en el mar.

El barrio de Cartagena de Indias donde pasó la infancia y la adolescencia intervino en los rieles del destino díscolo. Quienes vivie-ron en la isla de Manga fueron dados a los oficios del mar, incluyendo el contrabando. El estudiante Arrázola un día construyó una especie de balsa con un motor de podadora y atravesaba la bahía hasta el muelle de los Pe-gasos y de allí caminaba al colegio en la calle de La Factoría, con la valija de cuero donde metíamos libros, cajas de lápices de colores, compás, cuaderno de dibujo, merienda, rato-nes de experimentación y cucarachas para asustar e interrumpir la clase.

Quienes estuvieron en El Cabrero fueron dados a los estudios constitucionales, la hote-lería, y al toreo por la plaza de la Serrezuela. Que lo testimonie el jurisconsulto Álvaro Angulo Bossa.

Los del Pie de la Popa, de bongas que es-parcían algodón, nieve de verano en la calle Real y en las ramas milenarias guardaban los suspiros de las pasiones sin suerte de Bolívar y una morena tan morena que parecía de men-tira, en la hamaca de su reposo sin sosiego. Ellos buscaban aventuras: el cine, la radio, los cantos en lo alto de la colina.

Y así.

Es probable que este determinismo sin ti-ranías haya alimentado Germán Bustamante su vocación de arquitecto de verdad. Y el ánimo generoso de estudiar en Bogotá y en Italia y volver a su cangrejera. Allí supo que lo único que señala dirección a las innovacio-nes es el conocimiento de la tradición. Su es-pléndida obra, la Escuela de los artesanos así lo demuestra. Y su responsabilidad de hoy es seguro que preservará a la Cartagena de Indi-as que nos quieren arrebatar.

*Escritor

rburgosc@etb.net.co

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Comentarios

...y en la tienda ke se

...y en la tienda ke se localizaba en su esquinera casa, atendía la señora Amira: ( "una pionono y una kola Roman")