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Buenos Aires

He venido a Buenos Aires, la tierra de Gardel y de los compadritos de Borges, a un acontecimiento que en sí mismo llama la atención a quienes no conocen su historia: al II Seminario Internacional del programa de la Unesco La Ruta del Esclavo, invitado a pronunciar una conferencia y a participar en sus talleres.

Siempre maravilla Buenos Aires, y lo hace por muchas razones, entre las cuales no es la menor su belleza tan particular, tan europea y tan americana al mismo tiempo. Uno puede dedicarse días enteros a admirar su vieja arquitectura republicana, la más imponente quizás de nuestro continente. A disfrutar de sus señoriales y sobrios cafés y de sus insuperables librerías de libros viejos. A tomarse un vino en el Caminito de La Boca o en Puerto Madero. O a caminar, por ejemplo, el sueño parisino que es la Avenida de Mayo.
Pero hoy quiero escribir sobre algo más cotidiano: sobre la aventura americana que es ir de paseo por la calle Florida, en el corazón de Buenos Aires, una tarde de primavera, intentando mirarlo todo, con los ojos de quien descubre un nuevo paisaje humano. Temprano en la tarde, sin embargo, es difícil enterarse bien de lo que ahí sucede. Es tal el número de gente en ambas direcciones que es casi imposible reparar en los detalles, excepto en la belleza de algunos de sus viejos edificios, en las terrazas de los cafés tan parisinos en su estilo y en la masa de vendedores ambulantes, libres y dignos, que ejercen con tranquilidad su oficio en una de las calles peatonales más hermosas de la vieja ciudad. Nadie los persigue, y puedo darme cuenta de que son cientos los artesanos, regados en esas diez cuadras, exhibiendo sus productos en el suelo, imprimiéndoles una grata vivacidad.
Pero cuando avanza la noche y los caminantes disminuyen, la calle Florida revela algunos de sus secretos. Quizás el más importante de ellos sea el de sus inquilinos, el de sus trabajadores artesanos. En este pequeño espacio, la gran ciudad muestra lo que tiene de americana, como en algunos de los mejores cuentos de Borges. Sus artistas populares, con sus rostros inocultables de indígenas y de afrodescendientes, han estado a lo largo del día ofreciendo sus productos –ropa, collares, joyas en plata y oro y en piedras preciosas- a los distraídos transeúntes.
Está también el inglés ciego y algo entrado en años, quizá nieto de uno de los trabajadores del siglo XIX argentino, que se hace a un lado con su guitarra eléctrica para interpretar las más bellas canciones de Los Beatles o el jovencito barranquillero, que con una larga trenza de rastafari y acento del sur vende sus preciosos collares hechos con la piedra rosada de la Argentina o, también, el cómico Luis Flórez, llamado El Chileno, que improvisa sus chistes plebeyos a una concurrencia de gentes del pueblo que lo festeja hasta altas horas de la noche. Y, ¿cómo olvidarlo?, en Florida, del viejo Buenos Aires, está el Café Piazzola, donde se lleva a cabo todas las noches el ritual profundo del baile del Tango.
El Buenos Aires que soñó ser París, de anchas avenidas escoltadas por soberbios edificios de bellos balcones de hierro, sigue allí, a la vista del viajero, y cada vez más visible, también, su verdadero rostro americano. Basta pasearse por la calle Florida, con los ojos cargados de asombro.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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