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Cambalache

Cambalache, el tango de Enrique Santos Discepolo, empezó siendo una crítica a las costumbres morales y acabó convirtiéndose en un tratado de filosofía política.

 En la última, tormentosa semana, la clase política colombiana, con pequeñísimas excepciones, amparada en el cinismo del gobierno y el oportunismo de las cortes, volvió a darle vigencia al tango del gran compositor argentino.

No hay un solo verso desperdiciado en esa diatriba, escrita en 1934. El pesimismo que destila este poema apocalíptico es una mezcla de realismo y melancolía. Discepolo no se limita al siglo XX. Se cura en salud y afirma que “el mundo fue y será una porquería el quinientos seis y en el dos mil también”.

No hay optimismo que pueda oponerse al implacable diagnóstico del tango. ¿Qué no fue el siglo XX un despliegue de maldad insolente? Los ejemplos en sentido contrario serían muchos pero no desmentirían esta verdad: la historia moral de la humanidad es un complejo sistema de cañerías y acueductos por donde discurren las porquerías y el agua limpia y sana producida por los seres humanos.

Uno no quita lo otro. Lo vimos durante la semana que termina. Los inmorales, los caraduras, los impostores, pretendían hacer de las suyas y elevar a categoría constitucional un régimen de impunidad y privilegios que amenazaba arrojar al país al lodazal de la ilegalidad. “Revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos”, estaban los mensajeros del gobierno, los congresistas que negociaban con éste sus privilegios y los miembros de las cortes que comerían en el festín.

Una de las cosas más difíciles de conseguir en una democracia es la confianza de los ciudadanos hacia sus gobernantes. Una de las cosas que con mayor rapidez se ha conseguido con este episodio, es la multiplicación de la desconfianza colectiva, en la cual pescan ahora los oportunistas que claman por una Constituyente que le daría el tiro de gracia a la Constitución de 1991.

Poco importa que los “honorables” que parieron el engendro y el gobierno que no tuvo la responsabilidad de velar por la rectitud de su iniciativa, hayan abortado el nacimiento de la criatura. Pero el país no ha vuelto donde estaba antes, sin reforma a la justicia. El país ha vuelto a un punto cargado de desconfianza, decepción e ira justa.

Más grande que el daño hecho a la moral pública ha sido el daño hecho a los ciudadanos. Una sociedad que no se basa en la confianza, que impone la suspicacia y relega el respeto, es una sociedad que, tarde o temprano, llegará a la conclusión del tango: “hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.” Y puesto “que todo es igual”, gritemos: ¡sálvese quien pueda!

¿Qué nos hubiera pasado si no se hubieran lanzado voces de alarma desde la ciudadanía y los medios de comunicación? No es difícil imaginarlo: el país cambalache se hubiera impuesto al país de una Constitución que, de tanto intervenirse, ha acabado siendo el juguete de una institucionalidad en entredicho.



*Escritor



collazos_oscar@yahoo.es

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