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Con aplicación de arqueólogo

Recuerdo que en una revista Diners de principios de la década de los 80 se publicó una crónica que resaltaba la dedicación y paciencia con que Cesar Pagano logró sobrepasar los 3.000 álbumes de salsa. Esa historia me deslumbró.

Era una proeza que creí que nadie podría superar. Sin embargo, en 1994 descubrí que existía otro melómano que podía igualar al salsero de la crónica. Era un hombre bajo, que llevaba el pelo cortado al rape y a quien todos llamaban Tato. Su cordialidad me hizo sentir que había compartido con él alegrías, duelos y secretos desde la infancia, de modo que, cuando me invitó a su casa, no me negué a acompañarlo.

Vivía en las afueras de Cúcuta en un edifico rodeado por un jardín que crecía al amparo de unos oitíes antiquísimos. Su apartamento tenía tres habitaciones. Alrededor de las paredes de una de ellas se adosaban unos estantes en los que lucían los discos de acetato, cuyo número fui incapaz de calcular.

En vez de camas, en ella se encontraba una mecedora y una silla giratoria que ocupaba el vacío debajo del entrepiso que sostenía un equipo de sonido, al que estaban instalados unos audífonos, que su dueño usaba para no perturbar a sus parientes y vecinos y que le sirvieron para desentrañar y asimilar la estructura de toda la música que mantenía en sus estantes, en la que prevalecían las melodías hechas por Lucho Bermúdez, Pacho Galán y Pello Torres, los maestros de mediados del siglo XX que nacieron en la Costa y a quienes aspiraba emular.

Su sueño comenzó en enero de 1955. Tenía apenas diez años de edad y se había escabullido de la casa para encaramarse en una ventana del Club Sincelejo para ver y oír a la orquesta que lo encantaba y, si tenía suerte, saludar al director, el reconocido Pacho Galán, quien, al terminar la primera tanda, salió a comerse una empanada en una fritanga que instalaron al frente del recinto, lo que aprovechó el muchacho para agarrarlo del brazo y no sólo expresarle la admiración que sentía por su obra, sino, también, pedirle que en la próxima tanda interpretara el bolero “Mi amor es tuyo”. Al músico le agradó que un niño se interesara por su obra y la conociera, de modo que hizo entrar al muchacho y lo sentó a un costado de la tarima.

Antes de iniciar la segunda tanda, Pacho Galán anunció a los asistentes que la canción que continuaba era una complacencia para “un amigo especial de la orquesta, el pequeño Juancho Torres”.

Desde entonces fueron amigos y a Juancho le quedó claro que su gusto por la vida solo sería completo cuando se convirtiera en director de orquesta, a pesar de las recomendaciones en contra que hacían sus padres. Pero su empeñó se cristalizó mucho después.

Erró hasta llegar a Londres con la esperanza de formarse en el conservatorio. Pero no lo logró. El horario de la escuela se cruzaba con los empleos que conseguía. Entonces resolvió hacerse administrador de empresas, pero para dirigir su propia agrupación, cuya prioridad sería ponerle un sonido de orquesta universal a los porros que había degustado y recopilado con la aplicación y la persistencia de un arqueólogo. 

Su empeñó fructificó a partir de 1994.  Con su tesón, Juancho nos recuerda que el porro no sólo sigue siendo un baile de salón, sino el símbolo de la identidad de los sabaneros.

*Abogado y profesor universitario.

noelatierra@hotmail.com

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