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Conjugar bien. Su importancia

Según el Diccionario de la Real Academia (DRAE), desde el punto de vista gramatical, conjugar es “enunciar en serie ordenada las distintas formas de un mismo verbo que denotan sus diferentes modos, tiempos, números y personas”.

La conjugación de los verbos regulares se hace atendiendo unas reglas armónicas preestablecidas. No ocurre así con los verbos irregulares, que en cualquiera de sus modos, tiempos o personas, pueden presentar cambios inesperados.

Este asunto me ha hecho recordar algún episodio ocurrido durante la administración de Colpuertos del Terminal Marítimo de Cartagena (Manga). Había un grupo de trabajadores cuya función principal era la de amarrar y soltar los buques que atracaban o zarpaban de los muelles.

Los amarradores, que así se denominaban estos trabajadores portuarios, debían trabajar en armonía con los tripulantes de los buques. No faltaba quien erradamente llamara a los honrados trabajadores con el apelativo de atracadores, por aquello del atraque y desatraque.

En el grupo de los amarradores había uno muy conocido y apreciado, de nombre José Gregorio Periñán, a quien todos llamaban familiarmente Goyo. Era Goyo una persona servicial que con gusto colaboraba en asuntos diferentes al atraque o desatraque de los buques. Por eso, tanto jefes como compañeros, sentían por Goyo una simpatía especial. Sin embargo, había algo que mantenía contrariados a los demás amarradores y a muchos empleados del Puerto. Según ellos Goyo era un hombre feo. Algunos, que se consideraban apuestos y hasta buenos mozos, no podían entender ni aceptar la suerte que Goyo tenía con las mujeres. Para encontrar alguna explicación comentaban entre sí que el Goyo era "paganini", de ahí su éxito con las hembras. Goyo los dejaba hablar.

Cualquier día de franquicia Gregorio se dio cita con Michelena, una chica atractiva que trabajaba en la fábrica de camisas Nieso. Algunos de sus compañeros amarradores habían estado arrastrándole el ala a la misma chica, sin resultado alguno. Pues efectivamente el Goyo, ataviado con traje de sport elegante, recogió a la chica y la invitó a pasear. Fueron a cenar a un buen restaurante, se tomaron algunas copas y bailaron hasta bien avanzada la  noche. Todo parecía ir por buen camino. La intención de Goyo y, al parecer, la de su  atractiva compañera era, después del baile, terminar la noche en un motel.

Al salir del bailadero, restaurante y bar trataban de encontrar un taxi disponible; se alejaron unos metros de la puerta del club por una calle oscura, cuando aparecieron dos forajidos armados y, mientras los sujetaban dijeron: ¡Esto es un atraco! La pobre Michelena casi se desmaya del susto, en tanto que el Goyo logró zafarse, empujo al hampón y salió corriendo, quedando sola la muchacha en poder de los dos forajidos.

Ella, asustadísima comenzó a llorar, cuando uno de los maleantes le aplicó un cuchillo en la garganta y le ordenó: ¡Deme su plata o la degollo! Michelena, aterrorizada, le respondió: "Le daré la mía, porque el h.p. de Goyo se fue corriendo con la suya".



*Asesor Portuario



fhurtado@sprc.com.co

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