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Cuestión de fe

Conocí a doña Juana Carmela Bonoli como una dama adulta entre la segunda y la tercera edad. Era ella soltera, yo diría más bien que solterona, porque ningún hombre la pretendía, ni ella estaba pensando en tal probabilidad.

Juana Carmela era hija de Nicolás Bonoli, un comerciante italiano adinerado que vivió en la esquina de las Calles Portocarrero y Colegio. Posteriormente en la misma esquina estuvo por muchos años la Joyería Cesáreo.

Los viejos cartageneros llamaron a ese sitio con el nombre de Equina del Cañón Verde, pues allí estaba enterrado un viejo cañón español, al que a alguien se le ocurrió pintar de color verde.

Muerto el señor Bonoli la fortuna dejó de tener quien la activara y Juana Carmela, alma piadosa, se dedicó a hacer obras de caridad.

Pasados los años, Juana Carmela fue quedándose pobre, pero aún así, seguía sirviendo a los necesitados. Eso sí, tenía magníficas amistades que con gusto la recibían en sus casas y, si era del caso, la invitaban a almorzar  o a cenar. De la majestuosa casa de la esquina del Cañón Verde fue pasando a moradas más humildes. Vivió  en las “accesorias del obispo”, en el callejón de Gastelbondo. Allí llegaba por las noches con bolsas llenas de sobras de comida que pedía en las casas donde la invitaban a comer. Esas sobras eran para los gatos de las azoteas del Callejón de Gastelbondo, de la calle de Mantilla y en Santo Domingo. Los mininos la conocían, se iban detrás maullando entusiasmados.

Más tarde vivió en el Pie de la Popa, al final de la Calle Real, cerca de donde funciona la Clínica de Comfamiliar. Era una vivienda modesta y muy reducida, donde ella, en medio de su pobreza, seguía ayudando a los necesitados. Una característica sobresaliente en la señorita Bonoli, era su devoción a María Auxiliadora, a quien invocaba a cada minuto y por cualquier motivo. No se desprendía de su camándula con la que en cualquier momento iniciaba el Santo Rosario.

En esa morada pobre Juana Carmela recordaba sus tiempos de rica en la casa del Cañón Verde. Ahora que tenía que contentarse con una comida muy modesta, añoraba un plato italiano muy especial que era el favorito de su difunto padre. Llevaba muchos ingredientes que luego de una delicada sazón y cocimiento preciso resultaba exquisito. Poco a poco nuestra amiga fue reuniendo los ingredientes. Cuando todo estuvo completo se puso a preparar con amor una especie de sopa con muchos componentes sólidos y poco caldo. Cuando estuvo listo sirvió en un plato hondo y se dispuso a comerlo.

Alguien llamó a la puerta y resultó ser un menesteroso que le dijo: Ay doña, hoy no he probado bocado, deme algo. Ella lo invitó a la mesa y le dijo: cómase ese plato. El pobre hombre no sabía que se comía un año de expectativas de la dueña de la casa. Ella dijo: “María Auxiliadora no me dejará sin comer”.

Pasada  una hora se presentó el automóvil de la familia Escallón Villa. El conductor tocó la puerta y le entregó una bandeja con pavo, picada de pavo, ensalada rusa y arroz con pasas. Doña Juan, emocionada, dijo: “Yo sabía que María Auxiliadora no me iba a dejar sin comer”.

 

*Asesor Portuario

 

fhurtado@sprc.com.co

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Comentarios

Hermosa, la columna por lo

Hermosa, la columna por lo que significa para las personas de fe. Me recuerda el caso de una señora que viva a allá en el pueblo, que tenia unas gallinitas en el patio, pero una de ellas se escapó por un portillo entre la cerca de guadua, la dueña salió de casa en casa preguntando por su gallina perdida hasta que llegó donde Josefa quien le respondió que ella estaba tan necesitada porque no tenía para la comida de la familia y le rezó a Dios para que no la dejara morir de hambre, y en eso vio entrar la gallina por el portillo y dijo: “Yo sabía que Dios no me dejaría morir de hambre” y la peló para el almuerzo.