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Decisiones

El novelista Juan José Millás por estos días escribió un reportaje sobre el presidente Felipe González. Lo había seguido en estaciones, vagones, reuniones en la penumbra de salas de hotel con su olor artificial, y lograba cada vez armar una conversación de aquellas que una amiga barranquillera describe como: “aquí hablando de todo como los locos”. No es un exabrupto de la agudeza femenina.

Algo se aprende de don Quijote.
El Presidente español estuvo sin corbata y varias veces encendió su Cohíba que soltaba el aroma a santera y ripios de humo delgado.
Una vez se despidieron, Millás se enfrentó a un montón de temas, en notas y grabaciones, y a la dificultad impiadosa de encontrar la forma del texto.
González le había respondido sin la obsesión de algunos gobernantes, ya fuera del ejercicio del gobierno, que se aplica a justificar, con conmovedora inoportunidad, actos, a subrayar la importancia aún no comprendida de medidas, a diseñar el futuro ajeno cuando está fuera de su alcance agravarlo, mantener la esperanza, o ponerle un poco de liviandad. Se concentró más bien en dejar ver qué queda en el alma de los seres humanos cuando han atravesado la devastadora circunstancia de desempeñar una responsabilidad que influye, para bien y para mal, en la existencia de los demás. Esa modificación, o los restos de una permanencia, se observan en asuntos nimios y en otros de trascendencia. Por ejemplo Felipe González no va a cine. Ahora, ya mayores, sus hijos todavía lo desentrañan. No dijo una palabra de su mujer. Lee novela policiaca.
Y reveló entre varias intimidades, tres, que mantienen su vigencia para las definiciones de la democracia.
Una surgió de algún encuentro fortuito con Henry Kissinger. El gringo le confió que la política estaba en manos de gentes simplistas cuyas ofertas eran de ventas de electrodomésticos. Desapareció el debate de ideas. Es de suponer para quienes aún consideren y sientan que hay que rescatar de la idiotez a las sociedades humanas, antes de que volvamos a los árboles que queden y a la piel peluda o escamosa, que las gentes reaccionarán y vamos a terminar por sentir un nuevo espíritu. En esto la poesía tendrá otra vez su función convulsiva.
Otra se refirió a la vieja figura de los fondos reservados. Es este un asunto delicado. Ni más ni menos enfrenta la naturaleza de lo público a una especie de rezago de las discrecionalidades reales bajo la forma del secreto. ¿Será un mal necesario? ¿O habrá llegado el momento de resolver el mal y proponer que no hay necesidad en él? Con los tales fondos se compra información, lo cual es un fracaso de la sociedad democrática, pero también se han pagado crímenes.
Y dejó González una meditación de la mayor importancia. Cuenta que tuvo la oportunidad de dar la orden para liquidar a toda la cúpula de ETA. Hoy Felipe aún no sabe si hizo lo correcto al ordenar que no. Tiene aquí el lector, si la naturaleza respondona lo permite, un villancico de reposado análisis.


*Escritor


rburgosc@etb.net.co
 

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