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Del carnaval a las novembrinas

Bajo un hermoso cielo azul y sol radiante, miles de colombianos se lo gozaron una vez más; gigantescas multitudes vivieron días de perrateo y disfraz, música y danza, entre un pueblo engalanado, una ciudad travestida y florecida, una economía activada con la producción de miles de artesanos e inyectada con dinero a chorros de los grandes intereses comerciales.
No faltaron a la cita Shakira y Piqué, Gabo y la “barriga e trapo”, Jojoy y Piedad, María Abanico y Margarita Borda, Celia y Pedro, Osama y “Kgafi”, el bacán del barrio y la fundillo loco, Bush y Uribe.
Es una fiesta urbana de día y de noche, de grandes y pequeños desfiles, renovada con iniciativas festejadas en distintos puntos de la Arenosa. Carrozas, comparsas, cumbiambas y disfraces individuales y colectivos; una fiesta que dura cuatro días, que dura varios meses. Una fiesta que se hace con el trabajo y la participación de muchos protagonistas durante todo el año.
Pensar que hace tres décadas se vino a pique. Vino el desgano y la crisis. Y desde la Cámara de Comercio y otras instancias las reflexiones, porque el carnaval se piensa, auparon la revitalización hasta obtener la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pero mañana podría morir de éxito. Ya aparecen síntomas de un carnaval invertido, producidos por la peste de una comercialización desenfrenada.
El desfile lo inician camiones enormes de los medios y los supermercados de la familia del alcalde, cargados y rodeados de actores de televisión y jóvenes de clases acomodadas escogidos en buen casting y lo terminan, luego de cinco horas –cuando el público ha abandonado los palcos-, la danza del Torito y los congos, los líderes de la tradición, los desplazados del canal del Dique y las comparsas de los más pobres. Cuál integración social produce si luego de ricos, blancos y poderosos vienen de menos a más pelaos de plata y de menos a más color en la piel. De qué “mezcla” social se trata si ahora observar los desfiles en las vías cuesta a precios para turistas que los sindineros no pueden pagar.
Mientras el carnaval pasa, la flauta e millo es desplazada por el reggaetón y la batucada; el insigne Te Olvidé casi se olvida; las carrozas se parecen a las del día de Acción de Gracias gringo y las plumas -al mejor estilo de las escuelas de samba en Río- se mueven al vaivén de la brisa. Que la cultura no es estática, ni pura, se sabe, y que estamos en un mundo globalizado, todavía más. Pero, la internacionalización de la fiesta no puede tirar al arroyo la propia identidad.
Ya Cartagena empieza a trabajar para hacer de las Fiestas de Independencia de este año el punto más alto de su avanzada revitalización. Del pasado y del presente, de los logros y los errores del carnaval de Barranquilla, tiene mucho que aprender. A re-aprender a hacer una fiesta que alguna vez salió de Cartagena.


*Profesor universitario


albertoabellovives@gmail.com

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Comentarios

Totalmente de acuerdo. Mas

Totalmente de acuerdo.
Mas aun, si usted observa los espectáculos montados dejan la música nuestra sin participación alguna. Claro está, que la musica de la ciudad de Barranquilla no es la cumbia, no es la puya, no es el porro, no es el bullerengue y mucho menos el mapalé, por ello las comparsas que meejor bailan estos ritmos son de otras ciudades incluyendo esta. Desafortunadamente nuestras fiestas seguiran decayendo por mucha revitalización que quieran hacer y esto por la cantidad de personas inescrupulosas y dañinas que intervienen en ellas.