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Delirios sin imaginación

Cada día que transcurre en Colombia, parece escurrirse como un montón de melancólicas pesadillas y resulta difícil pensar.



En el vértigo atiborrado de sucesos que no conducen a ningún destino, es perceptible la brecha entre las gentes y sus ilusiones de sociedad y quizá de sentirse parte y reconocidos de un Estado cuya inspiración de equidad lo haga respetable y apreciado.

Una señal de esta situación de indiferencia en la que nadie oye ni las despedidas, se observa en la ausencia de preguntas sobre las de-terminaciones, hechos, propuestas. Todo parece venir o ser resultado de una fatalidad, in-cuestionable, a la cual no vale ya la pena oponerse, modificarla.

Cómo no considerar que en sociedades desiguales, como la que nos tocó en gracia y en desgracia, asediada por conflictos irresueltos sin responsabilidad, la idea de la justicia y su desarrollo práctico en la vida diaria de los asociados, sea algo de tanto fundamento como el precio del pan de cada día en las mesas de agua de panela y café con leche.

Si es así nadie puede aceptar el torpe mazacote, suma de rebatiñas desvergonzadas, que se incrustará en la Constitución Política, so pretexto de reforma.

Los colombianos claman justicia. Es ver-dad. Y la exigen porque se comprendió que la ceguera es una virtud para la justicia, que pese los argumentos, las pruebas, las circunstancias, sin ver quién las expone. Pero jamás se le agregó la cojera, el paso lerdo, la inmovilidad.

Si el engendro de reforma, olla podrida que mal se cocina, tuvo un motivo, ese era descongestionar de expedientes y de casos a los juzgados. No por los interese de los banqueros, que ya bastantes intereses cobran, sino por la cantidad de seres humildes que esperan con angustia y en ruina que les den su derecho. Algo tan sencillo como tener jueces preparados y abogados estudiosos. Jueces capaces de rechazar el abuso del derecho, la prueba inconducente, el memorial inepto. Abogados con el suficiente pudor intelectual para no plantear recursos atolondrados y convencidos de que la defensa no siempre es la inocencia sino el proceso justo, la medida de la sanción que libera de la insoportable culpa que corroe la conciencia. Si acaso queda con-ciencia claro está. Si de repente todavía hay culpa por supuesto.

Puede agregarse otro motivo, respetable, y es el derivado de las acciones de tutela y la Corte Constitucional como órgano de cierre de cualesquier discusiones que involucren la constitucionalidad de una decisión que carezca de procedimiento especifico de reclamo.

Son esos motivos los olvidados y la reforma se encamina a aumentar los privilegios de unos miembros de la rama judicial y de la legislativa del poder público. ¿Qué ocurrió en Colombia? Cuando había dirigentes, constituían un freno a la desfachatada enfermedad por el interés personal. Los temas propios de expertos eran resueltos mediante facultades extraordinarias. Hoy no. El señor que va al Congreso de la República es autónomo, pagó los votos de su elección billete a billete. El magistradito con toga de burro no representa  la justicia, es sirviente de su elector. ¡Disfrázate como quieras!

*Escritor

rburgosc@etb.net.co

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