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Desastres felices

Parece que las catástrofes, como las felicidades, predisponen el ánimo humano a compartir con los demás. Una corriente que no exige a los que se sienten unidos por la solidaridad de la alegría o por la impotencia de la desgracia que se identifiquen o sean presentados, le devuelve al abrazo, a la simpatía, o a la compasión su virtud anónima.

Antes, los desastres tanto de la naturaleza como los otros, producto de la insania de los hombres y de las mujeres, tenían además de alguna intimidad cierto recato. Y además generaban en quienes recibían noticias de ellos una ansiedad angustiosa. Ésta era consecuencia de la forma en que llegaban las informaciones: el teletipo, el teléfono, una fotografía borrosa, la imaginación de la radio, y el tiempo que aún no cargaba ese concepto que causa tanto orgullo a los expertos en tecnologías, tiempo real. Concepto que se ha vuelto un valor, un determinante de la apreciación de los hechos. O sea que la angustia era causada por lo impreciso y por la ausencia de totalidad de las noticias. Cómo. Dónde. Cuántos. Se sabía poco a poco. Esperar era una tortura. El ámbito de afectación de la catástrofe era la comunidad en la cual ocurrió. De allí se irradiaba con las gotas de los adelantos de la época a los familiares que estaban fuera.
Por supuesto hay felicidades que se vuelven tragedias y hay siniestros que se convierten en felicidades. Y como las abuelas sabias vuelven a decir que no existe dicha completa ni desastre sin esperanza, allí estará el comején de la contradicción proponiendo la fatalidad en la alegría y la risa en la hecatombe.
Esta semana concluyó (¿?), la verdad es que no se sabe cuándo concluyen los acontecimientos, el drama en las minas de Chile. Por fortuna para el corazón humano lograron rescatar a los 33 hombres atrapados por el humor de la tierra. Muchos hacíamos esfuerzos por recuperarnos del dolor sin solución de Haití, donde la naturaleza abrió socavones para enterrar todo. Un sufrimiento más poderoso que el vudú transformó a los seres en zombis a la intemperie entre escombros sin dirección ni amparo. La voluntad humana es débil y pronto Haití quedó atrás en las visiones en tiempo real de las comunicaciones de la actualidad.
Las tecnologías han avanzado. Y quizá la compasión humana también. Es preferible pensar que las virtudes de la convivencia persisten. Aunque sea a menor velocidad que la discriminación, la intolerancia y la exclusión. Así las minas y los mineros de Chile fueron mirados por el ojo universal. Tan promiscuo y variado pero universal por amontonamiento no por semejanza. Ese tercer ojo.
En el campo de la tragedia, a fuerza de ponerlo a la vista, empezaron a surgir los rasgos de la humanidad que distinguen, por suerte, a una persona de otra. Uno de los mineros rogó, al ser rescatados, que no los trataran como artistas. Se refería a la farándula y su esencia de exhibición. A lo mejor quería abrazar a su mujer sin cámaras, sin autoridades. No le falta razón. El desastre es consecuencia de las condiciones deficientes de trabajo que se aplican en estas tierras para aumentar la ganancia. Una ganancia que bien vista para qué sirve.
Otro fue escrutado con sus dos amores. Y lo público afectó lo privado, íntimo.
Pero así vamos. Entre volcanes y ríos crecidos y mareas altas. Así.

*Escritor

rburgosc@etb.net.co

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