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Dinámica de colchones viejos

Cuando el mercado de los muebles, camas, colchones, mecedoras y comedores les ofreció a las personas el pago por cuotas, comenzaron a concurrir eventos de “in-cotidianidad” asombrosa en las calles aburridas e ignoradas de Cartagena.

Y es que las mesitas de noche con las sillas que le hacen juego alrededor sobre las baldosas de muebles Jamar son la fruta afrodisíaca de la compra que nos transporta a la sala o al cuarto que queremos tener. Así pues la imaginación de otros para el diseño de los propios hogares quedó accesible a la realidad tan sólo en cinco mil pesos mensuales.
Desde entonces cada vez que llueve las aguas en las avenidas parecen ser arroyos que confiesan la intimidad de las cosas viejas en las casas: aquellas aguas policiales que se ingenian sus redadas náuticas por debajo de la puerta o en la desnudez porosa de las láminas de zinc y traen consigo, además de lo que no queremos que se lleven, una dinámica de colchones.
Catres de esponja y tripitas de resortes inelásticos que habían quedado relegados por ahí, en los patios, por encima del cielo raso, en un closet… ahora se ven pasar por la calle de mis abuelos, dejando una nostalgia desconocida, como queriendo traspasar los recuerdos de las personas que soñaron y durmieron encima.
En el centro de la ciudad se encuentran en las esquinas enrollados como mortadelas, traqueteando suavemente en un charco marrón. Posiblemente mucho tiempo atrás durmieron en ellos seres cuyas pesadillas constituirían la mejor historia de todos los tiempos y que en el momento de contarla desapareció con la amnesia que precede a los sueños; o murió una persona sin revelar sus secretos. Cuántos no se desvelarían por amor, cuántas infidelidades bajando por las lomas en un aguacero. Colchones viejos que se verán surcando las alcantarillas destapadas como barcos perdidos con su tripulación de memorias ajenas, de telas descarnadas que guardan para sí un chisme, algún pedacito del organigrama de la vida acostumbrada.
Serían las únicas chanzas, un pábulo para querer esperar el invierno y admirar cómo todo nos lo quita el agua.
Encontrarlos acomodados en lugares imposibles y preguntarse cómo pudo haber sido: arriba de los techos, en los postes de luz, ensartados entre los piquetes de una reja; si es que Dios también ha visto los colchones y está haciendo milagros con ellos.
Se les nota cómo los arrastra el barro, a esa flota sola, entre valles de mesas rotas y icebergs con suelas y cordones; cuando el cielo se nuble, los que están envueltos detrás de las puertas, archivados en los rincones de la cocina, debajo de las camas nuevas o al lado de la lavadora temblorosa esperarían pacientes a que la inundación, como un viejito triste, a la muerte se los lleve, para representar los cuentos de las casas: para acabarlos, hay que seguirles la corriente.

*Estudiante de Derecho Universidad de Cartagena

arquerolivero@hotmail.com

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Comentarios

Que poesia tan cierta, que

Que poesia tan cierta, que cronica tan amable y divertida la que sale de tus dedos al narrarnos de forma casi surrealista el acontecer de una realidad de cada invierno. Te felicito sigue así...el link me lo paso tu Hmna :)