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Dios en el centro

“El Señor tu Dios es uno, lo amarás con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma, con todo tu ser.”*

Maduramos y las cosas se nos revelan poco a poco de manera diferente, dependiendo de cómo y en dónde buscamos las respuestas y a qué o a quién le damos prioridad. En medio de pruebas, errores, revisión, corrección y ajustes, vamos creciendo y desarrollándonos. Si ponemos a Dios como eje de nuestra vida, todo adquiere sentido. Él es la pieza central del rompecabezas de nuestra vida.

El mayor reto y el sentido de nuestra vida es aprender a amar, todo lo demás es accesorio. Amar no es sencillo. Requiere primero sabernos amados, y ese amor interiorizado podemos darlo a los demás. El amor que podemos darnos es precario, por muy especiales que seamos: padres, cónyuges, hijos, hermanos, y amigos. Nadie es capaz en este mundo de dar un amor perfecto. El amor de Dios es absoluto, fuente del amor mismo. Conociendo y abrazando el amor de Dios, cubrimos las heridas en el alma, transformándonos en vehículos de ese amor. El amor, comprendido como lo revelan las Sagradas Escrituras y en plenitud por Jesucristo, comprende todos los bienes que nos ayudan a mejorar e impulsan  a vivir buscando el bien, el amor, la libertad, la paz, la plenitud.

Nuestras actuaciones están movidas por alguien o algo que ponemos en el centro de nuestra vida, por lo que nos movemos y hacemos las cosas.

Si nos centramos en nosotros mismos, podemos guiarnos más por el egoísmo que por el amor. Si ponemos a otra persona, podremos ser parciales, dependientes y a veces en contra de otras y si esa persona falla, todo se cae. Si ponemos como centro la propia realización, pudiéramos entregarle nuestra felicidad a situaciones pasajeras, que pueden estar o no estar y podríamos endurecer el corazón, poniéndolas por encima del bien o del amor.

Algunos autores sugieren los principios y valores como centro, porque encuentran menos resistencias que proponer a Dios. Aunque los  principios y valores se desprenden del bien y del amor, es decir de Dios mismo,  podríamos confiar en nuestro propio criterio para reconocerlos, con el riesgo de relativizar muchos de los principios y valores que Dios nos revela como fundamentales y los acomodaremos a nuestra propia percepción de la  vida.

Con Dios en el centro, todo se organiza para el bien. Él nos ayuda a trabajar para buscar la plenitud en Jesús. Las personas, cosas, principios, valores o circunstancias podrán ser importantes, siempre y cuando las supeditemos a Dios, que no lo ofendamos a Él, porque no nos lleven a contradecir sus mandamientos y enseñanzas y, por el contrario, nos acerquen a Él y a Su voluntad en nuestra vida, aunque hagamos esfuerzos, sacrificios y renuncias.

Con Dios en el centro, todo es felicidad y aprendizaje en la tarea de ser mejores personas cada día, creciendo en la capacidad de amar. Su amor y su poder se manifiestan aun en medio de nuestras debilidades y sufrimientos. “Te basta mi gracia, mi poder triunfa en tu debilidad”. “Cuando estoy débil soy más fuerte porque me apoyo en el Señor”*.

*Dt 6, 5; 2 Cor 12, 7b-10



*Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.



judithdepaniza@yahoo.com

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Comentarios

"Dios es el centro de todo" y

"Dios es el centro de todo" y hay que respetar sus mandamientos, todo esto està muy bien y deben ser nuestros gobernantes los principales artìfices de ello como dirigentes del rebaño. Pero resulta que esta letra queda muerta y en mero idealismo cuando al llegar a las alcaldìas, gobernaciones, etc. realizan todo lo contrario.