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El despertar de Narciso

¡Qué jartera! Otra vez el mito de la vieja Grecia, vivo y actuante. Como si no hubieran pasado más de dos mil años desde los días en que los dioses paganos jugaban con los crédulos mortales. Pero es así. La política y la administración, en Colombia, se encuentran enfermas de narcisismo.

Se miran a sí mismas, encandiladas por los destellos de la nombradía. Sus protagonistas, en considerable proporción, sufren un ataque de agudo egocentrismo que tiende a incrementarse. Estamos en presencia de la resurrección de la antigua leyenda de Narciso que se enamora alucinado de su apariencia y se apasiona por su rostro. Es ajeno a cuanto lo rodea. Su único deleite es verse de continuo en la laguna que lo reproduce en la plenitud de su hermosura y se siente en presencia de la perfección suprema. Para sí mismo, él es la encarnación de Dios mismo.

El fenómeno de Narciso ha invadido, en considerable proporción, el mundo político y administrativo. Desde hace un par de décadas se ha tornado común el protagonismo de vanidoso continente. Los considerados dirigentes de movimientos o partidos, así como no pocos gobernantes, viven pendientes de la figuración y del escenario. Padecen de hiperestesia publicitaria. Están tocados del síndrome incontenible de las primeras planas. Los medios de comunicación los han enloquecido, hasta el extremo de llegar al imperio del YO sostenido. El ego elevado al nivel del paroxismo.

A la sombra del ominoso estilo, impuesto por la influencia de la informática universal, han surgido los manejadores de imagen que contratan los dueños del poder para mantenerse o llegar a la figuración permanente. J.J. Rendón es el ejemplo más notorio del presente siglo en nuestro país.

Nadie podría imaginar a Alfonso López Pumarejo, a Laureano Gómez, a Gaitán, o a Alberto o Carlos Lleras mendigando la adhesión de las muchedumbres. En el ayer, casi inmediato, los líderes estaban encaramados sobre su ilustración, su carisma nato y su anhelo de prestar servicios ciertos y necesarios. Cada uno tenía su talante. Se sostenían tesis y principios. Se escribía con garbo y con bragueta. Por eso la política era, en proporción influyente, un palenque de la inteligencia y la vida pública.

Claro está que existen las excepciones, que no es necesario nombrar, pues son ampliamente conocidas. Pero, de manera extendida, en el curso de pocos años, se modificó la tradición política. A los triunfadores de hoy, sobre todo a los que han surgido en la cresta de un golpe de fortuna, les importan un bledo la patria y la hidalguía. De sus espaldas se sacuden fácilmente las lealtades y los afectos. El éxito reposa en la repetición de los nombres en los medios. Y a ellos es preciso volver permanentemente para reajustar la imagen que es la diosa de moda. La única que cuenta.

Es indispensable refrenar la megalomanía desbordada e implantar la discreción en las gestiones oficiales y limitar la comunicación con los medios a lo esencial e indispensable. De esta manera los gobernantes podrán dedicarse por entero a la búsqueda del bienestar del pueblo y al desarrollo inaplazable de las regiones.

*Ex congresista, ex embajador, miembro de las Academias de Historia de Cartagena, y Bogotá, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

academiadlhcartagena@hotmail.com

 

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