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El dolor de los vivos

Es una experiencia inevitable, a la que todos estamos destinados, si no la hemos vivido ya.

Aún así, nada puede prepararnos para perder a un ser querido, el vacío insondable, la ausencia irreparable. Y aunque solemos darle el crédito por nuestro miedo a la muerte, la muerte misma puede liberar. Aterradores son, en cambio, la conciencia y el dolor, tanto de los que agonizan a la víspera, como de los que quedamos atrás.

El dolor intenso saca lo peor o lo mejor de los humanos. A muchos les hace egoístas y ciegos al dolor de los otros. A otros vuelve compasivos y solidarios. Quizás porque no hay mayor lección de humildad: nunca somos tan conscientes de nuestros lazos como cuando perdemos ese pedazo de nosotros que se va con un ser amado.

La pena se agrava cuando es contra-natura (como al perder un hijo), o cuando se arrebata abruptamente la vida del otro. También cuando quien se va fue un ser amoroso, una de esas heroínas cotidianas que llenó de alegría y sentido la vida de los otros, cuyo legado es un esposo devoto e hijos buenos.

Los sicólogos dicen que los duelos sanos pasan por la negación, la rabia, la negociación con la adversidad y la depresión, antes de llegar a la “resignación”. Entre los que no lo superan, hay quienes se amarran a la tristeza (los melancólicos) y quienes nunca salen de la rabia. En ellos el dolor se hace odio o una costra pegajosa que cubre las almas de tanto humano insensible. También hay pueblos enteros en negación, donde la gente ve la muerte en las noticias como si fuera cine, convencida, en su arrogancia o miedo, de que no les toca la amenaza de la violencia ni la invitación permanente al desastre que es la pobreza.

Por eso son tan importantes los rituales de duelo. En otros tiempos cada persona era despedida con una celebración; desde los fastuosos entierros clásicos hasta los llorados a sueldo por plañideras. Algunos de nuestros funerales conservan ese carácter comunitario, apropiado tanto para homenajear y despedir al que parte como para ayudar a los dolientes a aceptar la fragilidad de la existencia. Pero la sobriedad burguesa ha restringido la expresión pública de los sentimientos.

Tradiciones ancestrales oponen resistencia: los palenqueros siguen con su lumbalú y los mexicanos con su día de los muertos. Otros han recuperado con ataúdes de colores su derecho a distinguir a su muerto y hacer pública su pérdida. Algunos despiden a su amada cantando, a son de papayera.

Dijo Séneca que no es virtuoso sino inhumano ver el entierro de los nuestros con los mismos ojos que cuando estaban vivos; digno es dejar fluir con las lágrimas el sentimiento y aliviar el espíritu. Digno es también batallar contra la indolencia que nos traga a muertos y vivos. Un país como Colombia debería hacer duelo público por cada uno de sus muertos, con nombres, apellidos e historias de vida, no con cifras; sacar la rabia de las entrañas, no importa cuántas lágrimas nos tome. A ver si amanecemos un día con los corazones limpios, y entonces sí, mirándonos con los ojos hinchados, somos capaces de perdonar y empezar de nuevo. 

Acompaño en la distancia el dolor de mis vivos.

Y ahora que también él se despide, extiéndase además este adiós a nuestro querido Joe.

*Profesora e investigadora

nadia.celis@gmail.com

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