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El Fire y las quijadas

¿Por qué vinieron y se quedaron en Cartagena Jaime Fandiño Franky, el director del Fire, y Alfredo Villamarín Eslava, el odontólogo-tenor y concertino en la Ópera de Candita Rojas? ¿A manosear cerebros, el primero, y a componer quijadas como la de Angelino Garzón, el segundo? No.

Los motivó un grito silencioso de la sangre, el orgullo de dos prosapias forjadas en la fragua del coraje.
Fandiño se vino porque desciende en línea directa de Juan de León Fandiño, el capitán que interceptó el buque mercante que comandaba Robert Jenkins cuando los españoles vivían asediados, en estos corregimientos internacionales de la Madre Patria, por los súbditos del insaciable Jorge II. Fandiño no sólo le vació el barco al capitán Jenkins –como el descendiente la cabeza a sus enfermos–, sino que le trozó la oreja con un cuchillo infalible. O sea, Fandiño fue el primer Juan que amputó uno de esos caracoles que perciben los sonidos.
Como el corte quirúrgico de Juan de León tuvo repercusiones en Cartagena de Indias, puesto que de ahí en adelante el Almirantazgo inglés fijó el ojo en nuestra plaza fuerte, el mejor homenaje a la gloria del antepasado orejero era, a juicio de Jaime, radicarse en el Antemural del Reino. El hosco Walpole, secretario de Estado de la Corona inglesa, fue el artífice de una expedición que tuvo de ejecutor al almirante Vernon, despachado para Jamaica con el encargo de desbaratar, además, La Guaira, Portobelo y Cartagena.
Pero Walpole no contó con la astucia de un espía español que suscribía sus informes con el seudónimo de El Paisano. Sus papelitos resultaron más filudos que los computadores de Raúl Reyes y el Mono Jojoy. De manera que con base en esa maravilla informativa, en la metrópoli le ordenaron al virrey Sebastián de Eslava (aquí entran en escena los Eslava de Villamarín) que se instalara en Cartagena para defenderla, y nombró de jefe del Apostadero de Marina a D. Blas de Lezo, de gobernador a D. Melchor de Navarrete y de pechero en los combates a Carlos Denaux, un coronel de ingenieros que peleó como gato bocarriba –igual que Arango Baci– contra la barrera de plomo que los ingleses trajeron empacada en una flota de 180 unidades de guerra.
Pues don Sebastián se vino a guerrear, y gracias al cañón que montó en la nave Capitana espantó, con cuatro señoras descargas, a Vernon, cuyo primer tanteo lo adelantó con nueve navíos avizorados por un teniente del Regimiento de Infantería Aragón desde que voltearon por Punta Canoa. El atacante inglés se devolvió, pero pudo regresar en marzo de 1740, seguro de que dominaría la ciudad y se adueñaría del Sinú. Fueron pasando los días y los meses con sorpresas que no se esperó.
Lo demás lo sabemos. El virrey, D. Blas, D. Melchor y mi tocayo Desnaux ganaron medalla de oro, y los ingleses huyeron en desbandada con una peste de vómito negro a bordo de sus naves, y las monedas acuñadas en Londres con la efigie de Vernon dejaron de circular.
Cuando el papá de Pepe Cáceres (don José Eslava) le refirió estas hazañas al muchachito de quince años que entonces era Alfredito Villamarín, en Ibagué, lo doblegó la tentación de venirse a vivir a Cartagena, donde el ascendiente de ambos demostró que la soberbia hispánica podía imponerse a la codicia british.

*Columnista y profesor universitario

carvibus@yahoo.es

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Comentarios

una fortuna muy grande se ha

una fortuna muy grande se ha ganado cartagena al poder ser la ciudad que adopto a Jaime Fandino F, pues ademas de ser un excelente profesional de la medicina y un filantropo, es un gran caballero