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El Joe y su son

 

Para referirse al legado que nos dejó el Joe Arroyo, no sólo se precisa conocer al hombre que se atormentaba con los desamores y las traiciones, sino rescatar a quien aprovechó sus tribulaciones para reinventarlas y mostrárnoslas en canciones que nunca lo satisficieron a plenitud porque, durante sus insomnios, insistía en revisarlas para suprimir o añadirle sonoridades, pensando, como le confesó a Ernesto McCausland, en los bailadores, a quienes convirtió en destinatarios de su obra, todo porque consideró que se deslumbrarían y disfrutarían sus melodías, diferentes, pero próximas a todo lo que habían ejecutado los maestros que lo antecedieron y que nos sedujeron.

Es que Álvaro José Arroyo creció cuando en los burdeles de Cartagena el porro aún mantenía su esplendor y la música de las Antillas, que los inmigrantes reelaboraron e impusieron en Nueva York bajo la denominación de salsa, ya se incluía en las preferencias de los costeños. Tomó nota de este hecho y desde entonces se empeñó en entender y manejar las estructuras de esos ritmos que lo atrajeron y que interpretaba imitando a las figuras que descollaban.

Aunque aún era un menor, a finales de la década de los sesenta su voz ya encantaba a los clientes de los prostíbulos de Tesca y Canapote. Sin embargo, no era consciente de su potencial. Cantaba porque descubrió que su afición le permitiría contribuir con el menguado presupuesto con que contaban en su casa, en donde la madre era quien proveía para sobrevivir. Pero la noticia sobre los registros de su voz trascendió el ámbito de los burdeles y se conoció en Sincelejo, desde donde viajó Rubén Darío Salcedo en procura de integrarlo al Supercombo Los Diamantes, porque el vocalista del grupo había enfermado, poniendo en peligro unas presentaciones en casetas y bailes privados.

Durante su permanencia en Sincelejo Joe grabó su primera canción. Fue un porro, que era el ritmo que regía en la sabana y que se bailó en la Plaza de Majagüal cuando ella fue el epicentro de los festejos de enero y a la que él asistía para, amparado en la penumbra y la complicidad de otros músicos, soltarse a imaginar. Eran tiempos de placidez e irresponsabilidad que lo marcaron, hasta el punto de evocarlos e inmortalizarlos mediante ese saludo que trasmitía el afecto por quienes lo acogieron y le enseñaron las texturas de los sones de aquí.

Pero el Joe estaba para grandes cosas. Por eso no dudó en unirse a Fruko para radicarse en Medellín. Lo intuyó. Se había encaminado en la dirección que le permitiría completar su formación, no sólo porque participaría como vocalista de la orquesta de salsa, sino en las otras agrupaciones que rescataron ritmos próximos a sus ancestros africanos.

Cuando los timbres y sonoridades de las diferentes vertientes en las que abrevó habían sido asimilados, Joe reclamó libertad y fundó su orquesta. Era cuestión de esperar a que el genio depurara la fusión que venía maquinando. Así ocurrió: el mundo, entonces, conoció su “Joeson”. Su acierto consistió en reafirmar la identidad mediante obras que aunque diferían del acervo que lo precedía, se enraizaban en él para que a nadie le disonara y todos lo bailaran.

*Abogado y profesor universitario.

noelatierra@hotmail.com

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