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El odio

La vida teje y deja huellas de las puntadas, los nudos, los remates.
La biblioteca Luis Ángel Arango, del Banco de la República, en los espacios donde exhibió una sugestiva escenografía, Bogando en un río de letras, dedicada a Candelario Obeso con curaduría del joven historiador de la Universidad de Cartagena, Javier Ortiz Cassiani, hoy ha abierto el estremecedor ámbito de los efectos de la guerra en las mujeres del Caribe.

Es de suponer que esta modalidad de exposiciones, al alcance de todos en su didáctica, su sensibilidad y su ambición de integridad, donde la imaginación supera los costos, y la presencia de la mujer aparece en su humanidad enfrentada a la devastación, sin retóricas, se debe a la perspicacia y criterios renovadores de Margarita Garrido, la historiadora y directora de la biblioteca.
Un conjunto de fotografías, cartas, papeles, producciones artesanales liberadas de las servidumbres de la utilidad doméstica, textos con fechas y precisiones, videos, dan cuenta de la tensión violenta entre la vida y los depredadores.
Recorrí las paredes, los biombos, atravesado por la inutilidad del llanto. Encontré en cada objeto mirado, en cada rostro que quise incrustar en mi memoria, una esperanza nueva, una resistencia noble que avanza, un conocimiento de nuestro país que daban ganas de escupirlo. Ese peregrinaje donde cada paso acrecienta el dolor, y no hay un banco en el cual recostarse, a lo mejor porque la dignidad obliga a estar de pies, tiene guardado un secreto virtuoso: no termina, ya nunca se puede salir de ahí, cada persona que lo recorre se volvió parte de eso para siempre.
Ahí, en el desamparo de aceptar que esa crueldad y oprobio ocurrieron junto al mar, a la belleza de delirio de una naturaleza no terminada de desembrujar, se me apareció, intacta, una anunciación.
Fueron los años que viví en Viena. Hablaba con un acordeonero renovador del vallenato. Máximo Jiménez. Se encontraba en esas lejanías con el estatuto de refugiado. Varios inviernos habían endurecido su acordeón y doblegado su ánimo. Era un hombre del campo en Córdoba y allá lo había perdido todo. Gallinas, vacas, sembrados, el techo seguro como el alero de la paloma. Y en Viena empezaba a perder su espíritu. Un día me presentó a su mujer, Catalina. Conservaba el color aceituno de la piel y usaba sin vanidad las prendas de vestir del gusto de la Europa central. Sus sabidurías del fogón, de las ternuras de cama, del lenguaje escaso y sentencioso, habían sido remplazadas por una energía nueva. Empezaba a dominar el idioma alemán mejor que el marido. Asistía a los congresos de víctimas. Aprendía a contar su pasado y su sueño. Inventaba utensilios para cortar las verduras. Y sobre todo: un sentimiento, la justicia, llenaba sus días y sus palabras. Su voz salía sin talanqueras y era como una canción.
Cuando me sobrecogí con Ana Felisa, de 75 años, quien se vino de Venezuela, en un pedazo de muro de las ruinas de lo que fue su casa y capaz de poner belleza en la devastación supe que Colombia va a cambiar. Yolanda Izquierdo, Soraya, Mercedes, en la risa, la rabia, el sufrimiento, nos devolverán el alma. ¡Mujeres!

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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