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El verdadero creyente

Cuando creemos a medias, nuestra fe muchas veces pierde su sentido. Cuando no acudimos a los Sacramentos, ni nos nutrimos con la Palabra de Dios, ni rezamos, ni relacionamos nuestra fe con nuestra vida diaria, nuestra fe se va debilitando. A veces nos justificamos diciendo: yo creo, pero no soy practicante o no soy fanático. Eso es parecido a que si decimos que nos parece muy bueno el ejercicio para la salud, pero llevamos una vida totalmente sedentaria, los resultados estarán de acuerdo a los hábitos de vida. Si le dedicamos algún tiempo al ejercicio y vivimos con hábitos que beneficien nuestra salud física, no nos consideramos fanáticos, mucho menos lo es, quien cuida su salud espiritual y cultiva la fe.

Fanatismo es dedicarse a las cosas de Dios con imposiciones o con odio, sin respetar la libertad de los demás, eso es lo más contrario a ser verdadero creyente. Cuando alguien ama a Dios, tiene un ardor en el corazón del más legítimo amor, que sale como destellos de fuego para darlo a conocer y compartirlo con los demás.

Si decimos creer, pero después justificamos fácilmente el incumplimiento de algunas de las leyes sagradas de Dios y de su Iglesia, eso nos lleva a una vida incoherente, porque igual no practicamos nuestra fe y el resultado es la tibieza de corazón. Nuestro Señor nos dice: “porque eres tibio, te vomitaré de mi boca”. Requerimos de una fe comprometida en la acción diaria y que nos lleve a transformarnos a nosotros mismos y a la sociedad para el bien, la justicia, la paz y el amor.

El creyente reconoce que tiene una gran responsabilidad con el ejemplo de vida. Procura mejorar continuamente, en comunión con Dios, contando con la gracia salvadora y redentora de Cristo. Se sabe de barro y que puede fallar en cualquier instante y si se cae, regresa arrepentido y adolorido ante Dios,

El creyente desarrolla sus talentos, dedicándose a un trabajo honesto, pudiendo generar prosperidad para sí mismo y los demás, sin colocar al dinero como bien máximo y sin relativizar sus responsabilidades como creyente. Vive la honestidad, la justicia, la templanza, promueve lo que sea verdadero, justo, noble, lo que contribuya. Evita todo lo que sea dañino para la integridad física, moral, intelectual, espiritual propia y de los demás. Paga sus impuestos para contribuir con mayor bienestar social y contribuye en todo lo que pueda para construir un mundo mejor.

El creyente no se escuda en la religión para ser apocado o pusilánime. Todo lo contrario, la religión le da la disciplina y la fortaleza para trabajar con ahínco por sus ideales. Actúa con humildad, porque se sabe creatura de Dios, siempre necesitado de Él, a su servicio y a su entera disposición.

El creyente acepta las leyes de Dios y de su Iglesia, aunque no las comprenda siempre, sabe que con oración y sometido a la voluntad de Dios, descubrirá las respuestas apropiadas para comprender y abrazar sus cruces y salir redimido y mejorado como persona. Está en permanente búsqueda de la verdad, meditando, estudiando, reflexionando y orando para abrirse a la Sabiduría Divina.

El creyente defiende al matrimonio, a la familia, a la dignidad humana, a la vida, a los derechos y deberes humanos. Todo lo hace por amor, no por simple obligación, pidiendo ese amor a Dios, para que le llene el corazón y así contribuir en la construcción de un mundo con justicia y paz. Pidámosle a Dios la fe que nos ayude a ser verdaderos creyentes.

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Comentarios

Muy buen análisis.

Muy buen análisis.

Esta respetada señora parece

Esta respetada señora parece ser una persona correcta y buena practicante de su religion y de su credo, pero parece olvidar que lo que ella asegura cuando dice "Fanatismo es dedicarse a las cosas de Dios con imposiciones o con odio, sin respetar la libertad de los demás" es lo que mas ha practicado la mafia vaticana a lo largo de los siglos y no pasa de ser una ironia oir las enseñanzas impartidas por una caterva de bandidos alcahuetes, disfrazados de santos.