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En hombros llevamos la muerte viva de Artel

Yo fui, literariamente, uno de los enterradores simbólicos de Jorge Artel, de los que cargamos su muerte viva una noche de sonetos y romances, y odas etílicas, que cubría de consonancias y asonancias al viejo barrio de Manga sobre el que caían todas las lunas. 

De ese barrio de inmensos patios parecidos a estadios de amor y de árboles rendidos por los partos frutales de sus ramas, partió el cortejo fúnebre que tuvo como cura ceremonial a ignoto cantautor cuya voz salía del cuarto oscuro donde nace la belleza de las imágenes. El cura anónimo cantaba en latín de callejuelas dominus obispum de juerga resucitando a los muertos de melancolía recostados a la vera de las calles iluminadas por luceros apiñados.

Fue entonces cuando Jorge Artel, nuestro caudillo de causas líricas, resolvió morirse, asistido por nosotros, grupo de amigos estéticos que en ese entonces ingeríamos sonetos y romances para saciar nuestra gula de belleza a la par de scotchs contrabandeados con marcas mafiosas de lujo. Y nos dijo: moriré ya, ahora mismo, y en hombros de ustedes subiré a la Suprema Belleza del arte que es la arcilla de mi nombre. Y como nada peso porque la poesía que cubre mis huesos es carne transparente de gloria solo transmitirá luz a sus hombros juveniles que sin agobiarse me ascenderán al Himalaya de mi nombre. Y así fue. Artel murió imaginariamente de sí mismo, de infarto fraternal causado por latidos quebrados de su poesía inmortal y celeste, hecha de negros crespones de belleza.

Artel era nuestro maestro y lo tratábamos de imitar hablando como él, con su ronca voz de amaneceres poéticos. No alcanzábamos su tono hipnotizador que encantaba, pero ilusos suponíamos que así nuestra generación ganaba méritos en la escuela de inteligencia artística que dirigía y de la que éramos becarios por nuestro imaginario talento. Yo fui arteliano, primero porque su poesía me arropó, segundo porque hacía del color de su piel argumentos de lucha y esperanza alimentadoras de mis ideas. Y una noche en Manga de los años cuarenta, reunidos en la casa de Marcel y Jaime Gómez O’Byrne, aquél pintor, este poeta y escritor y amigo entrañable nos hallábamos con ellos acompañados además por Jorge Artel, que era el Jefe, Enrique Grau Araújo, Antonio del Real Torres, Manuel Esquivia Vásquez, Diego Álvarez Vera, Édgar Vera Amador y por este adolescente lírico, el más joven de aquellos cartageneros brillantes. Éramos un grupo guerrillero armado de plumas inteligentes que soñaban escribir revoluciones incruentas o de pinceles que las pintaban en la espalda de los vientos.

Y en hombros lo llevamos a la tumba de su muerte imaginaria. El compromiso era que le permitiéramos resucitar y empinado sobre la madrugada recitarnos sus mejores versos. Y Artel regresó al mundo poético declamándonos su “Velorio del boga adolescente” como bandera emocional y estrechando la mano a cada uno de nosotros sus discípulos y diciendo quedo: “Estoy vivo. La poesía me salvó de las aguas, del huracán y  del miedo”.

¿Y qué fue de nosotros? Grau se inmortalizó como pintor, los Gómez O’Byrne, Esquivia y del Real brillaron, y Diego Álvarez y Édgar Vera murieron de amistad y poesía. Y yo seguí en la nada, viviendo de la belleza que me transmitieron como amigos.



(Hasta enero 21)



*Abogado, catedrático, ex Representante, ex Senador, ex Gobernador, ex embajador ante la ONU.



jangossa3@gmail.com

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