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Esto es cosa tremenda

Una mujer escapa del conflicto armado con sus hijos. Atraviesa montes y montañas con un bolso en la espalda y el dolor de sus muertos, de sus animales abandonados, de la tierra que jamás volverá a ver.

Los desplazados han sido considerados pestes innecesarias, males fastidiosos que recuerdan una guerra que nunca nos ha tocado. Los funcionarios públicos de las mismas entidades responsables de su atención, han sido los primeros en rechazarlos. Son tratados como estorbos, como bastardos sin tierra ni piso. 

El 52% de las personas desplazadas son mujeres, del 48% restante una gran proporción son sus hijos. La ciudad, siempre más miserable que el campo, los recibe con los brazos cerrados. Una mujer desplazada de Antioquia, alguna vez contó cómo sobrevivía durante sus primeros días en Cartagena: “a veces íbamos a un restaurante allí cerquita a la posada pero tocaba esperar hasta las 10 de la noche, todo el día sin comer, hasta que mi hijo lavara los trastos, o mi persona, para que nos pudieran dar los pegaditos. Eso es cosa tremenda. Y así pasábamos aguantando necesidades, hambre, a veces pasábamos hasta dos días sin comer, pero pues no teníamos. Si al señor le quedaba el pegado sí, si no, ahí quedábamos”.

El desplazamiento conduce a las víctimas del conflicto armado a los límites con el infierno, en pequeñas viviendas hacinadas de calles fangosas. La pobreza, ni misterio ni delito, coincide trágicamente con las zonas con mayores índices de violencia, y por estos días, con mayores enfrentamientos de pandillas.  Las balaceras en medio del conflicto armado son revividas en medio del nuevo fuego cruzado. 

La desmovilización paramilitar, además, dejó entre sus frutos a bandas criminales que cobran deliberadamente impuestos ilegales llamados “vacunas”.  Extorsión a cambio de protección.  Las mismas lógicas paramilitares, las disputas territoriales, los intereses por las rutas de tráfico de armas, de drogas, de mujeres, de poder. 

Muchas de las víctimas del conflicto armado tienen las afectaciones emocionales propias de la guerra. Ansiedad, depresión, trastornos de estrés post traumático, son los nombres técnicos que toman los terrores nocturnos, la reexperimentación de la tragedia, el miedo, la desesperanza. Olaya, El Pozón, La María, Las Delicias, barrios que enfrentan las dinámicas que sostienen la violencia entre los jóvenes. Son lugares a los que llega el 10% de la población colombiana, buscando una paz que no existe.

La ley de víctimas, además, supone unas nuevas tensiones. La idea de la restitución de tierras ilusiona a algunos y agobia a otros.  Los líderes y las lideresas víctimas enfrentan riesgos que se exacerban en medio de la actuación de los conflictos armados en los barrios. El Estado, representado en la Alcaldía, la Policía, y el Ministerio Público –al menos- deben tratar como prioridad la protección de los líderes y lideresas, y centrarse en la reparación eficaz de las víctimas en medio de este contexto complejo.



*Psicóloga, activista, defensora de derechos humanos.



claudiaayola@hotmail.com

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