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Fernando Hinestrosa

Conocí a Fernando Hinestrosa en febrero o marzo de 1959, cuando vino con su padre al Congreso Nacional de Rectores que habría de aprobar las bases de la Autonomía Universitaria.

Tenía Fernando 28 años y acababa de regresar de Alemania, donde se especializó en Derecho Civil. A un estudiante se le ocurrió, enterado de que el mozalbete ya dictaba clases en el Externado de Colombia, que se echara una conferencia, y lo invitó. ¿Cuándo puede usted, profesor? –le preguntó. Desde ya hasta pasado mañana en la mañana, pues nos regresamos por la tarde, contestó.

Pues fue ya. En media hora el estudiante, entusiasta y diligente, nos reclutó a unos treinta compañeros de primero a quinto curso para oírlo hablar de la Causa en las Obligaciones. El profesor de la misma materia en nuestra Facultad asistió, el doctor Ismael Güete, y al finalizar la conferencia exclamó: “Este hombre está hecho. Ya es un jurista”.

Y así fue. Creo que desde entonces el mundo académico colombiano fue informándose del ascenso de una vocación que repartió sus avances impecables entre el litigio y la cátedra, la mayor parte de su vida, pero con servicios muy notables también en la Magistratura, el Gobierno y la diplomacia. Para honra de sus compatriotas, Hinestrosa –por su trayectoria y su obra– fue valorado como cifra cimera de la ciencia y las humanidades en América Latina y España.

Fernando no fue político, pero sí un pensador de la política. Cuando ya fuimos amigos –me distinguió llevándome a la cátedra de Derecho Constitucional en el Externado– tuvimos largas y frecuentes discusiones sobre los partidos en el siglo XIX. Igual que su padre, fue un admirador devoto de los radicales del Olimpo y un crítico inflexible de Núñez. Baste recordar que el Claustro que su ínclito progenitor y él regentaron se fundó para contrarrestar el confesionalismo que rebrotó durante la Regeneración.

Sin embargo, a pesar de esas diferencias, nuestra amistad no tuvo fisuras, y mi respeto por sus ideas y por la fidelidad con que las profesaba y las defendía crecía en cada debate cordial que sosteníamos. Yo moriré al pie del legado de mis abuelos radicales –me decía– y tú al pie de las veleidades de tu bisabuelo Núñez. Nunca le perdonaremos los liberales puros haber convertido en un amasijo de escombros lo que se hizo en Rionegro.

No olvidaré, cuando me fui a Bogotá para desempeñar el último empleo que ejercí, la hermosa tarjeta que recibí y conservo de Fernando: “Bienvenido a la Judicatura, mi buen contradictor y mejor amigo. Allí debías estar desde hace tiempo. En Bogotá, mi casa y el Externado son tu casa”.

Los términos anteriores muestran al inmenso ser humano que fue Fernando: noble, agradecido, solidario, servicial y sencillo. Jamás olvidó el nombre de ninguno de sus discípulos, ni se excusó de aconsejarloso guiarlos cuandoquiera que lo necesitaran. Hablaba de ellos como el padre cariñoso de una multitud de vástagos educados para surgir. La mejor prueba de su gratitud por los externadistas fue el magnífico discurso con que despidió a los que, por infamia de la suerte, murieron en el Palacio de Justicia en noviembre de 1985.

Aquel día brillaron por igual la sabiduría del maestro y la majestad del hombre.



* Columnista

carvibus@yahoo.es

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