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Hablemos de reelección

El presidente Santos no quiere hablar de reelección. Ha dicho que este tema debe quedar en el congelador hasta el próximo año, y se ha hecho el propósito de ni siquiera mencionar la palabrita durante este año.

En parte tiene razón, pero en otro sentido está muy equivocado.

Esta muy bien que Santos pida no hablar de su propia reelección para no convertir el período de gobierno en una larga campaña electoral, pero el país si debe debatir cuanto antes la figura misma de la reelección para eliminarla como en la Constitución del 91.

Si el gobierno empezara ahora la campaña por reelegirse, repetiría los graves errores del 2004 y del 2008 cuando por dedicarse a buscar su reelección, Uribe aplazó reformas esenciales para el país, y que aún siguen pendientes, como la pensional o la tributaria. Además en el trámite parlamentario del cambio del articulito y del referendo, el presidente-candidato no solo se dedicó a cambiar la Constitución para beneficio propio, sino que para lograrlo recurrió a los más bajos medios de la politiquería y la corrupción. Basta recordar a Yidis, a Teodolindo o Giraldo.

El debate sobre la reelección no puede darse con nombres propios. No se trata de decir que es buena si el presidente de turno nos gusta o mala si no nos gusta. La cuestión que debe resolverse es si en nuestro país esta figura le sirve a la democracia y contribuye a mejorar el gobierno o no.

A diferencia de otros países donde funciona con relativo éxito, en Colombia la reelección es funesta para el funcionamiento de la democracia: es ajena a nuestra tradición republicana, es antidemocrática, rompe el equilibrio institucional y tiene el gran riesgo de aumentar la corrupción y conducir al autoritarismo.

En cuanto a la historia, hay que recordar que desde 1886 se prohibió la reelección inmediata del presidente y que la Constitución del 91 eliminó también la posibilidad de hacerlo después de un período. Todo el esquema institucional del Estado colombiano se construyó sin la reelección, de manera que al cambiar solo un articulito para permitirlo se desequilibró toda la arquitectura del Estado. Por ejemplo, la facultad presidencial de nominar a los miembros de la Corte Constitucional, de la Junta del Banco de la República, lo mismo que al Procurador, al Fiscal y al Contralor, debilita la división de poderes indispensable para que la democracia no se convierta en dictadura.

El sesgo antidemocrático de la reelección inmediata lo resumió así el expresidente López: “¿cómo puede haber igualdad ante la ley cuando el ciudadano Presidente en ejercicio de sus funciones puede, a la vez, dirigir una campaña política que lo beneficia frente a sus contendores que carecen de la capacidad de hacer nombramientos y disponer de fondos para granjearse la voluntad de los electores?”.

Para otro expresidente, Gaviria, el gran riesgo de la reelección es “que es el camino hacia el autoritarismo. La pérdida de pesos y contrapesos nos inquietan porque existe el peligro de que el Presidente se habitúe al poder y busque no solo una sino varias reelecciones más". Como Fujimori, Menem, Chávez y Uribe

Y el mismo Uribe como candidato en el 2002 pronosticó la corrupción que vendría en su gobierno cuando dijo que “La reelección inmediata no me convence, porque entonces se puede poner el gobierno a buscarla.”

Un presidente con el talante democrático de Santos, y su gran popularidad, puede y debe promover una reforma constitucional que vuelva a prohibir la reelección. Si el presidente necesita más tiempo para cumplir sus objetivos de gobierno, en especial el de la restitución de tierras y la reparación a las víctimas del conflicto, la misma reforma puede incluir la ampliación del período presidencial a 5 años.

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