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Hilos de la justicia

A veces los fallos de la justicia colombiana relacionados con el asalto al Palacio de Justicia por el M19 en 1985 se balancean a orillas del gran humedal del prevaricato.

Esas providencias las informan tres hilos que se entrecruzan: el espíritu de cuerpo, la codicia y la subversión.

Los abogados se identifican afectivamente con magistrados de la más alta Corte inmolados en el Palacio, no solo cúspides del derecho sino, además, compatriotas excepcionales. Es natural que, más que otros colombianos, los juristas se sintieran agredidos. Al día de hoy en pronunciamientos de la rama judicial todavía asoman víctimas por vengar y verdugos por castigar. En las facultades de derecho se alimenta el rechazo de la afrenta. Aun después de agotadas las instancias institucionales de la justicia, se buscan pretextos para revivirlas. Suenan campanazos para mantener alerta a la opinión y se acude a tribunales ad hoc, como la llamada “comisión de la verdad”. Es el espíritu de cuerpo.

El estado colombiano ha pagado cuantiosas indemnizaciones a decenas de familiares por los sucesos del Palacio. La justicia ha intervenido para dictaminar la responsabilidad del Estado y para tasar las cuantías que salen del bolsillo de todos los colombianos. Procesos siguen su curso tanto para los ya indemnizados, que aspiran a más, como para los desaparecidos por aparecer o esfumados. En la medida en que se condene a culpables de carne y hueso que estaban al servicio de la nación, crece la probabilidad y el monto de lo que el Estado pueda desembolsar. Es la codicia.

Años ha, la extrema izquierda colombiana, dada a todas las formas de lucha, estimuló militantes con formación en derecho a insertarse en la naciente carrera judicial. Hábiles y brillantes, muchos ascendieron en la pirámide cual quintacolumnistas. Con los códigos a su disposición, adelantan investigaciones que persiguen objetivos políticos o profieren sentencias que sientan precedentes con más marxismo que positivismo. Es la subversión.  

Del entremezclarse de los hilos en el Palacio surgieron teorías que van transformándose en verdades a fuerza de machacarlas. Se dice que las Fuerzas Armadas conocían del ataque del M19 al Palacio y lo indujeron en vez de prevenirlo; que el incendio del cuarto piso del Palacio lo provocó el ataque del Ejército y no las llamas en los expedientes de extradición, compromiso del M19 con Pablo Escobar: que hubo un golpe de estado protémpore al presidente Betancur durante las 26 horas de la conflagración. Esta última hipótesis nace de desconocer el papel de un comandante en jefe, que fija los objetivos y se desentiende de las operaciones.

El Palacio había que tomárselo –el objetivo- porque así lo exigía la estabilidad de las instituciones, aunque con respeto a las vidas. En ese orden. Se rescataron cientos. La contraparte sabía que un titubeo del Gobierno era la victoria y por eso nunca dejó de disparar. Cuán distinta al don Sancho Jimeno de 1697, quien salvó vidas en Bocachica al rendirse cuando la resistencia ya no podía triunfar.    

Los fallos son para acatarlos. Sin esa sumisión la mal liada Colombia acabaría de descuadernarse. No es desacato empero recordar que el espíritu de cuerpo es respetable mientras no ofusque el buen juicio, que la codicia es siempre despreciable y que la subversión se combate de manera que no gane en los estrados lo que ya perdió en los montes.



rsegovia@axesat.com

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