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Indolencia y muertos

Cada día es más difícil comprender el sentido de la muerte. No la muerte por enfermedad, accidente o porque se gastaron en buen uso las energías de la vida. Sí de la muerte provocada con violencia y justificada con torpe sinrazón.

Una vergonzosa mayoría del mundo parece presa de un vértigo de demencia donde la única solución es exterminar al otro. ¿Qué quedará si un día logramos matarnos todos?

La reciente matanza de unos niños, en Francia, acaso advierta que el delirio de Herodes sigue vivo y que una anomalía sin reparación carcome la vida y muestra insuficiente lo que se cree haber alcanzado en convivencia en paz.

Después de denostar a quien se persigue para matarlo, se le ha negado su humanidad. El conjuro del insulto parece autorizar la destrucción. Y como si fuera poco las herramientas de matar con su eficacia distante, la posibilidad de no ver rostros, ni rabias ni clemencias, confiere una indolencia anónima.

¿Cuánto tiempo nos hará falta para entender que las matanzas y su apariencia de que esas muertes no nos tocan afectan nuestra sensibilidad?

Póngase usted en el lugar de la madre o el padre, o los hermanos, de los niños muertos en Francia a manos del señor Merah. La policía lo mató y así se vengó en nombre de los ofendidos. Ningún acto, ni el criminal ni el justiciero, sirven de nada. Algo más hondo y sutil quedó dañado de manera irreparable. ¿Lo pensaremos?

Ocupe usted el lugar de uno de los dolientes de los jóvenes muertos a tiros en un colegio de los Estados Unidos de América por un condiscípulo que esa mañana despertó poseído por el ángel exterminador y su motivo banal fue colgado en Youtube y después él mismo se venga y se suicida (¿será suicidio esa autoejecución?) impávido, sin arrepentimiento. Años de enseñanza, de exámenes que ni siquiera interiorizaron la regla de NO matarás. ¿Lo hemos meditado?

Esta semana los medios colombianos, con los habituales discursos de la autoridad, entre celebratorios y de estadísticas vacías, anunciaron la muerte de 36 personas. El lenguaje opera y esas personas son guerrilleros, cuando no bandidos, en veces terroristas. Depende de quién hable. Las nominaciones entierran al ser humano, su ideal equivocado o perverso, el azar de cambiar. El arma moderna cumple su función letal: un avión bombardea. El lenguaje descarnado dice: los fumigaron. Sí, como cucarachas.

¿Alguien se habrá interesado por contar los muertos que tenemos desde los fusiles de cerrojo y un tiro por vez hasta las livianas metralletas de miras automáticas que produce con entusiasmo una industria inhumana y de espanto, y los aviones sigilosos que sobrevuelan las selvas? ¿Alguien le habrá puesto cara y nombre y padres y abuelos, hijos y sueños, a esa montaña de muertos?

Los 36 de estos días fueron fotografiados en unas bolsas blancas, impecables, cargadas por unos técnicos de la policía judicial vestidos de blanco y con guantes y tapaderas blancas de boca y nariz.

Sí. Después de los discursos y los partes de guerra viene la renovada escenografía del campo ¿de batalla?

La dimensión del absurdo desquicia. Unos se enriquecen sin propósito. Otros se matan sin honor.

El viejo honor. Ama a tu prójimo. ¿Será como a ti mismo?

 

*Escritor

 

rburgosc@etb.net.co

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