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Iracundias (1)

Hace años, los rebusques del pan comer me llevaron a trabajar en Legislación Económica. Es una empresa útil y prospera fundada por un fervoroso comunista del Tolima quien con los años y enfrentado a la corrosión de los intereses y el descreimiento devino en partidario del liberalismo difuso que se debate entre el autoritarismo y el miedo a dar el paso que completa los procesos.



La razón que condujo a iniciar Legis fue noble y perspicaz. Su inspirador observó cómo el país se ahogaba en una tormenta de leyes que nadie alcanzaba a conocer y cumplían su destino de diluirse en el papel. La ignorancia de la ley era la regla. Proliferaron los abogados archiveros que se ganaban la vida demandando normas. Tumba decretos, los llamaban. En la doble acepción de hacer caer, y de ser sepultura. El Diario Oficial donde se publicaban las leyes, decretos, resoluciones y contratos, con un atraso de arqueología, era examinado con constancia de coleccionador por Alfonso Palacio Rudas quien comentaba, con glosas de hacendista, los despilfarros de la pobreza.

Así la empresa se inició con la edición de un cuadernillo quincenal que reproducía las leyes. No daba abasto para la fecundidad legislativa. Y para suerte a quienes perpetran leyes no les reconocen derechos de autor.

Fue allí donde oí un comentario, al comienzo misterioso, que demoré en entender. Lo dijo el director un mediodía cuando caminábamos por los jardines después del almuerzo. “El Presidente ya rompió dos ceniceros contra la mesa del consejo de ministros”, fueron sus palabras. Indiferente a los pequeños incidentes de la guarida del gobierno, me causó curiosidad y pedí explicación. Entró en detalles y precisó que el Presidente era conocido por su bonhomía, para algunos, o por su bien administrada frialdad, para otros. Este o aquel rasgo de su carácter logró mantenerlo durante los primeros 17 días de su mandato. A medida que la realidad oponía su terco rostro a ese hombre que había ofrecido, casas a montón, una Brasilia en el Pacífico, un voluntarioso si se puede, se enfrentaba al desolado bolsillo de no tener siquiera para abrir a azadón un camino vecinal. Entonces la rabia sin palabras y a romper ceniceros regando de astillitas de Murano las corbatas recién estrenadas de sus ministros. Nadie llamó al médico.

También recuerdan las jóvenes abogadas laboriosas, que almorzaban con ponchera encima de los escritorios y papeles oficiales, un incidente. Aún no metían los almuerzos en las horribles cajas de plástico prensado. Por esos años la Presidencia estaba en el Palacio de San Carlos con la ventana de fuga de Simón Bolívar un septiembre de malos presagios. Un ruido extraño interrumpió el almuerzo. Parecían golpes y movimientos de metales. Corrieron por el pasillo alfombrado y a medida que se acercaban al ascensor asmático oían con más intensidad. Una de ellas pegó el oído y habló. Le respondió una voz gangosa, impotente y con rabia: “Hasta cuándo van a tener preso al Presidente, ¡carajo! La guardia presidencial lo rescató del elevador estropeado. Tenía los zapatos rotos de lanzar patadas y sudaba.



*Escritor

rburgosc@etb.net.co

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