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Joe

Tenía nueve años cuando escuché por primera vez “El caminante” y “El ausente”, y no sabía explicarme por qué esas dos canciones lograban ponerme tan triste y tan nostálgico.

Un tiempo después supe que las inter-pretaba un cartagenero que hacía parte de la orquesta de un interiorano conocido como “Fruko”, quien en poco tiempo se convirtió en la referencia máxima de la salsa en Colombia.

Para mí fue otra cosa: la música de Joe terminó por convertírseme en un álbum fotográfico, en una especie de banda sonora de las épocas en que apenas cursaba la primaria; y Cartagena —a pesar de atrasada— no era el despelote que estamos padeciendo ahora.

Acepto que las producciones que Joe materializó en los años ochenta y noventa con “La Verdad”, su propia orquesta, deben ocupar un sitial de honores en la discografía de la música tropical latinoamericana, pero para mí sigue siendo muy emblemático el repertorio que a dio a conocer en los años setenta.

Y todo porque cuando escucho “Los barcos de la bahía” o “La guarapera” se me iluminan imágenes del mercado de Getsemaní, de la Calle Larga, del Arsenal, los combates de Pambelé y Rocky Valdez; o las contiendas beisboleras en el Estadio 11 de Noviembre, en donde escucho nuevamente la voz de Carmelo Hernández Palencia, de Napoleón Perea Castro y Melanio Porto Ariza.

Me acuerdo de los domingos en La Boquilla, cuando mi papá amanecía pescando en la Ciénaga de la Virgen y los picós se encendían desde temprano, mientras los pescados se sumergían en burbujas de manteca caliente, y las cervezas humeaban de frío en las manos de los turistas.

Cuando vuelvo a escuchar a “Tania”, “Confundido”, “Manyoma”, “Flores Sil-vestres” o “Catalina del mar”, los paseos al Cine Don Blas reaparecen como por arte de magia. Y todo, porque muy cerca estaba el “Club de Amigos”, y el estruendo de los picós se colaba clarito en el transcurrir de las películas chinas y mexicanas. Era la voz de un Joe desafiante: “aunque se metan en la nevera, ya lo verán”.

En los años setenta Cartagena era una ciudad maluca, desordenada y hedionda, pero no sé qué tiene la música de Joe que en cuanto escucho “El árbol”, “El negro Chombo” o “El cocinero mayor”, el Muelle de los Pegasos, invadido de kioscos y colmenas, emerge como una película esplendorosa en donde atracan barcos de madera preñados de racimos de plátanos, desde donde se divisan las fondas del Mercado Público y el barro negro que daba la bienvenida a las amas de casa.

Cuando vuelvo a escuchar el “Mosaico santero” diviso a mis condiscípulos saliendo de la “Escuela La Trinidad” a darse trompadas con los esquineros de Getsemaní. Me acuerdo de las playas de Marbella con “El ciclón arrancatecho” dándole rienda suelta a “Bamboleo en el mar”, y a Cristóbal bailando y gritando en la esquina que era mi casa en los atardeceres de El Socorro.

Por todo eso, las circunstancias que rodearon la muerte de Joe me parecieron tan indignas de un gigante como él. Por eso lloré mientras tomaba café caliente y la televisión me mostraba un ídolo desconocido, un montón de carne inflamada que no correspondía a la efigie del jovenzuelo flacuchento y cabellón que nos cantaba desde los montes de La Popa, sin creerle el cuento a quienes soñaban con alcanzar la inmortalidad. Porque la inmortalidad era él mismo.



*Periodista



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