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La bahía y el mercado

Dicen los historiadores tradicionales que Rodrigo de Bastidas llegó el día de la Santa Marta a una bahía hermosa cuidada con celo por un morro enorme. Había atravesado el mar Caribe desde La Española hasta la península guajira para luego buscar en todo el litoral un lugar para un asentamiento permanente. Se sorprendió seguramente con el desierto largo en contraste con la mole nevada imponente que moría en el mar.

Observó la desembocadura de muchos ríos de aguas dulces y heladas en zonas donde el mar era más bravo y las embarcaciones no tenían condiciones para atracar. La bahía de Santa Marta tuvo la profundidad necesaria para convertirse en puerto; poseía un plano llano e inclinado propicio para construir una ciudad y recibía el agua dulce de río que bajaba de la montaña.
Pero las desdichas de Santa Marta comenzarían cuando se cambió muy temprano el rumbo del río Manzanares, que le calmaba la sed, y se rompió abruptamente la cadena de intercambio y comunicación entre el mar y la montaña que la protegía de los vientos del norte.
Con el tiempo la Sierra fue deforestada y la cuenca del Manzanares invadida por los sin techo y por quienes el afán de lucro inmediato les impide pensar en el futuro del pedazo de mundo que habitan. La voz de los “hermanos mayores”, habitantes de la Sierra y en pleno contacto con el mar, fue acallada.
El amor de los samarios por su tierra los hizo pensar que se encontraban ante “la bahía más bella de América”. Y hoy está más lejos de serlo. El paisaje es desolador hasta las lágrimas. A un lado el antiguo puerto bananero dedicado a la exportación de carbón; y el carbón contaminando con sus residuos lo que encuentra a su paso desde la Punta de Betín.
Al otro lado, un edificio multifamiliar gigantesco ha sido construido sobre la desembocadura misma del Manzanares, alterando su libre curso final. Y en todo el centro de la bahía, una marina enorme para el resguardo de yates, del tamaño de una manzana de un barrio dentro del mar, construida con espolones de piedra coralina, ni siquiera con pilotes como se acostumbraba antes, que modifican la hidráulica de la bahía y deja sin playa al afamado camellón.
Todo eso es sinónimo de progreso para algunos: las exportaciones carboneras, los costosos edificios blancos de vidrios azules, y la marina. La visita pasajera de un reportero de viajes de The New York Times permitió la comparación de Santa Marta con Dubái a raíz de la nueva muralla marina. No importa que los samarios que se daban su primer baño de mar al amanecer ya no lo puedan hacer. No importa que los visitantes no tengan una playa bella para disfrutar.
Con una mano el débil gobierno local trabaja en la recuperación del Centro Histórico, promueve la restauración de sus casas y remodela el Paseo Bastidas; con la otra, el mercado sin cortapisa alguna modifica el hábitat y niega el paisaje como patrimonio. Al final, el progreso es sólo para unos cuantos que le siguen el pulso a las fuerzas del mercado.
¿Qué tan lejos está Cartagena de todo esto? Su bahía ha sido considerada en un ranking internacional como una de las más bellas del mundo y no cabe duda de que sobre ella existen las mismas presiones. Tampoco aquí el paisaje es valorado como patrimonio. Tampoco aquí el progreso es para todos.

*Profesor universitario

albertoabellovives@gmail.com

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