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La ciega

Parece que en algún momento de la vida colombiana, cuando se pensaba en la posibilidad de hacer una sociedad virtuosa que avanzará hacia sentimientos de felicidad de los asociados, se escogían para la formación universitaria profesiones vinculadas a los ideales que informaban a esa aspiración social.



Se creía entonces en la libertad, en la salud, en la educación, en la justicia. Y en una incipiente idea de progreso que llevaba a pensar en trenes, vapores, carreteras y trochas: Algo de lo que entrevió con pericia de cadenero Rafael Reyes hace ya los años del olvido.

Las carreras que se estudiaban con preferencia eran medicina, educación, ingeniería, derecho.

A nadie se le ocurría estudiar para hacerse rico. La fortuna excesiva se consideraba de mal gusto. Y quienes estudiaban lo hacían imbuidos por un fervor de solidaridad que los llevaba a servir al prójimo sin mezquindad. Entonces los maestros se adentraban por una geografía desconocida y fundaban escuelas en medio de las precarias condiciones de una administración pública que no tenía o no sabía como hacerles llegar su salario. Los médicos de una preparación envidiable enfrentaban a ojo las enfermedades de la época en consultorios con camilla de estera y mesón de carnicero. Los ingenieros de ropa de dril y cascos de aluminio y corcho levantaban austeras edificaciones públicas, caminos de penetración y modestas vías de asfalto. Los egresados de derecho comenzaban su oficio, como los médicos su año rural, en juzgados de poblaciones donde la única manera de combatir el aburrimiento era estudiar.

En qué momento ese mundo elemental, de ambiciones espirituales, empezó a reventarse, a cargar de odio las diferencias, a padecer el delirio del lucro, y a deformar el sueño de país en la pesadilla a la cual se sobrevive hoy, es una respuesta que requiere búsquedas complejas y deseo de verdad.

Basta observar lo que ocurre en el ideal de justicia y en quienes se dedican a hacerla posible para establecer la gravedad de cuanto hoy sucede. Algunos se preguntan: ¿Qué hubiera sucedido si la Constitución hubiera previsto un término, digamos cien años, para poder modificar alguna de sus normas? Digamos que son normas que tienen que ver con el fundamento de vida política que quieren los colombianos.

No es así. Y sin embargo se tuvo el cuidado de establecer un órgano, la Corte constitucional, cuya misión es guardar la integridad de la Carta. Por las razones que fueron, no es del caso discutirlas ahora, se asimiló la Constitución a una revolución y bajo la teoría que se utilizó se empezó a derrumbar el orden viejo levantado con legalidad bajo otras reglas.

Esa Constitución no la hizo el Congreso. Ahora el Congreso, lento y sin pausa, modifica aquello con lo que no está de acuerdo. Y la verdad es que la situación es tan crítica que la Constitución ha servido para resolver problemas de intereses de deudas de vivienda, sistemas de crédito. Asuntos que el juez de hace años resolvía con sabiduría.

Se avanza con inconciencia a otra reforma. El que reforma deforma. ¿Qué se quiere?

*Escritor

rburgosc@etb.net.co

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