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La ciudad del ruido

Cartagena vive una contradictoria etapa de progreso que avanza en medio de la violencia del ruido y otras dolencias.

Por un lado observamos el desarrollo industrial, portuario, inmobiliario y turístico, así como el reconocimiento de la Zona Histórica como un centro cultural que alberga eventos como el Festival Internacional de Música mientras en los barrios populares prospera el mundo inconcebible de los picós, que si bien hasta hace unos treinta o cuarenta años se les pudo considerar una muestra de cultura popular hoy su desafuero los convierte en instrumentos de agresión bárbara contra los mismos habitantes de gran parte de  la ciudad.

Irónico, que mientras el Festival aporta sus intérpretes para que  instruyan en música a jóvenes de escasos recursos impulsando así las orquestas sinfónicas juveniles en la ciudad, por otro lado se pretenda hacer creer que la agresión picotera y las competencias de equipos de sonido en las terrazas de las casas es una expresión civilizada digna de conservar.

Toda Cartagena, incluyendo el sector colonial, se ha convertido en la ciudad del ruido y no hay más que franquear el cordón amurallado para que surja una tierra de nadie donde nativos y visitantes contribuyen por igual a su degradación: transgresión vehicular, pachangas motorizadas, ruido y más ruido, basuras en las playas y una total incapacidad de las autoridades locales para hacer respetar la ciudad. Entretanto, a los picós, con perversa habilidad se les pretende legitimar mientras en la zona turística eventos con sonido igualmente desaforado tratan de pasar por fiestas respetables.

En los barrios más pobres, de viernes a lunes, los picós arremeten con furia contra todos sus habitantes para beneficio de un puñado de empresarios del ruido que han terminado por presionar y capturar al nuevo alcalde. Simultáneamente, en cada manzana de estos barrios también aparecen los desconsiderados que encienden equipos de sonido muy potentes en la puerta de su casa para tormento de sus vecinos e insomnio generalizado durante todo el fin de semana cinco cuadras a la redonda. Es fácil imaginar entonces la predisposición a la violencia que genera tal situación amparada en el argumento tendencioso de querer seguir llamando cultura a lo que no es más que desafuero, mientras los dueños de los equipos de sonido defienden su ordalía argumentando que están en su casa y que en su casa pueden hacer lo que quieran como si el sonido no traspasara los límites de su predio.

Algo se había logrado contra tal atropello en la alcaldía anterior, pero el nuevo alcalde de la ciudad, Señor Campo Elías Terán, presionado por los “picoteros” y basado en su proverbial populismo ha decidido firmar un decreto permitiendo hasta altas horas de la madrugada lo que a todas luces contraviene el Código de Policía. Quiero entonces recordarle al señor alcalde que en una reunión propiciada por la Sociedad Colombiana de Arquitectos durante su campaña se le preguntó explícitamente por la forma de acabar con el ruido de los equipos de sonido y picós en los barrios, y el candidato de entonces, clara y contundentemente expresó  “que el ruido de los picós se acababa aplicando el Código de Policía, y que él como alcalde simplemente lo haría cumplir.”



abateraynal@yahoo.es

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Comentarios

¿Hay en el mundo alguna

¿Hay en el mundo alguna ciudad sin ruido? Aquí de lo que se trata es de abuso del espacio público, irrespetado éste en todos los niveles en la ciudad. Camine por la Calle de la Moneda y oiga a los locutores sin emisoras, promocionando mercancía a todo volumen. Móntese en un bus y "disfrute" de la música a todo volumen del gusto del conductor. Y ¿Qué decir de los "sparing" convidando a los pasajeros a abordar los buses de las diferentes rutas. Ruido es lo que nos sobra; lo que nos falta es autoridad...