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La cultura de la violación

No nos gusta hablar del tema. Preferimos pensar que es cosa de monstruos o curas pervertidos, aunque los violadores están entre nosotros; la mayoría son conocidos, cuando no los padres o tíos de sus víctimas.

Cálculos de la fiscalía apuntan a 200.000 violaciones anuales a menores en Colombia, el 80% antes de los 12 años; y a 25.000 niños sexualmente explotados; además de las indígenas engullidas por militares, campesinas accedidas por lado y lado del conflicto armado, las mujeres atrapadas en calles, parques y casas.

La violencia sexual es cultural. Implica nuestras costumbres y creencias, además de la Ley; se cimienta en sentimientos e ideas que permiten a madres y vecinos callar, o a un juez fallar en función de la responsabilidad jurídica del abusador y a expensas del trauma de la víctima. Así, un inglés fue exonerado la semana pasada porque probó estar dormido mientras violaba a su huésped de 16 años. ¿Y quién repara el dolor de ella, o protege a otras mujeres?

Gracias a la impunidad, niñas, y cada vez más niños, crecen con ese fantasma. Antes de entender su sexualidad, intuyen su “peligro”. Y el miedo no es gratuito. Cuántas de nosotras no entendimos que éramos deseables por a un vecino manilarga; cuántas pudimos correr a tiempo. Por eso se habla de la violación como “terrorismo contra el alma”.

Su ubicuidad no la hace “natural”. El dominio sexual y su ejercicio violento es una desviación patológica apoyada en la construcción cultural del género, en sociedades machistas donde prevalece el derecho del hombre a su satisfacción, donde no se concibe a niños y mujeres como seres autónomos. Es también el extremo de una economía del deseo que nos deshumaniza, equipara a las mujeres a objetos pasivos y promueve la fuerza como prueba de masculinidad.

La permisividad se debe también a su utilidad social. La violación es un acto de poder para mantener las cosas “en su lugar;” acallar protestas, marcar territorio, atacar la “propiedad” enemiga, y recordarles a las mujeres quién manda. No hace mucho, Gadaffi repartió estimulantes a sus tropas para violaciones masivas. La violencia es la forma más efectiva de mantenernos asustadas, y que midamos desde lo que decimos hasta el largo de la falda, no sea que nos cobren la “provocación”.

La legislación colombiana es insuficiente; tanto que Garavito, con 147 víctimas confesas, está por completar su pena. Por eso se debate en el Congreso un referendo para la cadena perpetua a violadores y asesinos de niños. El Espectador publicó una nota sobre lo que “tiene en la mente un violador”. Una vez más, la explicación se busca en la lógica del victimario, en su incapacidad para la “consideración física y psicológica por el otro”. A nadie parece interesarle qué hay en la mente de un niño o una mujer violada. A ellos debemos los ciudadanos comprensión y la Ley protección.

De llegar a las urnas, ese referendo permitirá rechazar en masa la cultura de la violencia sexual y revertirla con condenas serias. A darles cárcel, antes de que más mujeres opten por la solución del polémico video de Rhiana, “Man down”, donde una muchachita se “baja” sin miramientos, de un tiro, al hombre que la violó.

*Profesora e investigadora

Nadia.celis@gmail.com

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