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La ética del poeta

En la red de internautas descubrí un mensaje con el catálogo de deberes de quien aspire a ser considerado poeta. Confieso que me desconcertó.

Trastocaba la concepción que tengo. En efecto, desde mi época de escolar aprendí que la poesía no depende de rimar versos o tratar solo lo autorizado en el reper-torio de una academia, sino de la musicalidad y concreción del lenguaje con que el autor aborde el asunto que lo conmueve, que se en-riquecerá con la incorporación de imágenes para darle color, temperatura y consistencia al texto, que, además, debe transgredir e inno-var.

El mensaje, escrito por alguien a quien conozco y al que algunos enaltecen como poeta del mar, contraría mi convicción. Bajo título “La ética del poeta”, propone que la palabra solo se debe trabajar para alabar a Dios, honrar al hombre, dignificar la vida, celebrar el mundo y embellecerlo todo. En-tendí que en vez de alentar la creación, la coarta o, en el mejor de los casos, la reduce, induciendo a excluir u ocultar situaciones o sentimientos. Decidí, entonces, descreer de ella. Sentí que me liberé de la tiranía de la li-mitación y la claudicación.

Sí, porque, al fin de cuentas, ¿cómo puede alabarse a una deidad que se perpetúa y que en ocasiones nos flagela, nos arrebata el bie-nestar o nos abandona durante la agonía? O, ¿a qué hombre honraremos, al que se aprove-cha de su privilegio para ir en contra de los demás o al que cree en la bondad de compar-tir? ¿Qué vida dignificaremos, la del que dis-fruta sin ataduras o la del que reinventa la es-peranza a partir de sus carencias? ¿Será qué celebrar el mundo implica ignorar que aquí impera el egoísmo y la intolerancia? ¿No será que eso de embellecerlo todo conlleva a si-mular el paraíso a pesar de saberlo lejano?  

Otra razón para desconfiar de las restric-ciones que mi amigo procura imponer a los poetas es que hace rato que a ellos los expul-saron de las torres de marfil en que antes se refugiaron. A partir de ahí conviven con sus congéneres, de modo que la sensibilidad que hoy desarrollan tiene como soporte la coti-dianidad en que se desenvuelven. Por eso el trasfondo de sus mundos no refleja el misti-cismo que pondera redenciones después de la vida e hinca rodilla para venerar, sino el desa-sosiego que se deriva del vértigo que nos ago-bia y que reclama la recuperación de espacios para rencontrarnos con nuestra condición de humanos.

Esta es la ética que entienden los poetas de hoy. Por eso mientras rehúsan encasilla-mientos, nos ponen a forjar ilusiones o cues-tionar lo irracional de las villanías. Todavía sus imágenes nos ayudan a descubrir a la mu-chacha que se transforma en deidad para regir en el paraíso que construyó con su amante, rescatar los paisajes de la urbe que escapan a la presión de los forajidos y dejan disfrutar de la modernidad, recordar la nostalgia del na-vegante que no pudo zarpar, la frustración del saltimbanqui que fracasó en su tentativa por domesticar a la bestia que llevamos dentro.

Por todo esto podría afirmar que los poe-tas siempre están en rebeldía contra la rigidez de un temario, incluido mi amigo el del ca-tálogo.



*Abogado y profesor universitario



noelatierra@hotmail.com

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