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La extrañeza

Tiene aspectos extraños la vida colombiana.



Como si un malentendido sin posibilidad de corrección se hubiera instalado por encima de cualesquier consideraciones éticas, jurídicas o de sana convivencia.

Es posible que ese malentendido que distorsiona las apreciaciones de la realidad confiera a los diversos actos de la vida en comunidad, e incluso a los cada vez más reducidos espacios de la existencia personal, un tinte de absurdo. Como si se sobrepusiesen capas irreconciliables que deforman todo hasta crear una incertidumbre total.

El malentendido opera en lo virtuoso y en lo anómalo. Distorsiona siempre. Arroja a los ciudadanos a un estado de búsqueda en el cual prima la salvación personal sin horizonte, sin ruta, sin principios que informen el peregrinaje.

Sólo un estado de impunidad generalizada, o de expectativa de evadir las sanciones puede llevar a la exhibición pública. Quizás un espectáculo innecesario. Tal vez una compulsión imperiosa de hacerse igual a los demás. Los demás que a lo mejor ya son semejantes. Muchos quieren realizar el delirio de ser lo que se dejo de ser por motivo de conductas reprobables y con la excusa de que una interpretación acomodada, individual, de la falta, sustituye la sanción legal y por ende social. El social desbaratado de hoy.

Lo que llamamos la vida, generosa, indestructible, y como la canta Blades, maestra, pone faros, boyas, señales, en el indescifrable crucigrama de los días.

Alguien, muerto para sus perseguidores, decide resucitar con el sacramento del matrimonio. Tal vez el Dios-hombre de los cristianos se abstuvo de fundar el sacramento de la resurrección y prefirió darle un significado espiritual. Derrotar al pecado para vivir en la gracia. El alguien contrata una isla, de las más diminutas del caribe colombiano, para testimoniar y celebrar el riesgo del amor que es ofrecerse para siempre. El siempre endeble de los tiempos de temporal que nos correspondieron para suerte y para susto. Llama la atención que el contrayente usa un nombre. El único que no será servido en la fiesta sin fin de su resurrección y sus nupcias. Lo llaman “Fritanga”. Al tercer día con sus noches de la celebración, entre babilónica y gomorrosa, en medio de la parranda de identidades, la policía, ¡ay, la chota! desprecia las máscaras y conduce, así dicen ahora: conducir, al contrayente quien es el anfitrión de esa inolvidable piñata.

En las medianas tragedias contemporáneas se ven pequeñas rebeldías, adioses con lágrimas, y una mujer desconsolada que irá solitaria, a lo mejor, al lecho preparado.

En tanto, en las alturas, en las islas sociales que son los clubes, un hombre salvado de bombas, recibe un agasajo. Al contrario de la isla del Caribe donde no hay restricciones, en el club exigen que no haya ese insoportable discurrir colombiano que denominan política. ¿A quién se le ocurre? Pero se ocurre: sancionados por la ley parlotean como salvadores. Uno inhabilitado, otro desquiciado, y uno más sobre el cual faltaron pantalones para ordenar su desalojo de la oficina junto al Presidente. Dijeron que como no era funcionario podía tener local, secretarias y equipo y el sutil vapor de la representación.

Y así vamos, múcura y nogal compadre.



*Escritor



rburgosc@etb.net.co

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