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La incomodidad

En alguna ocasión a un escritor famoso, le preguntaron para que le había servido la fama. Con aliviada prontitud respondió que le servía para no tener que hacer las tediosas y culebreras colas en los aeropuertos.



La mayoría agradece esa caridad que por algún motivo: millas acumuladas, notoriedad pública, uniforme, sotana, empleo, simpatía promisoria con la dependiente, rescata a alguien de la hilera sin distancia y de cercanías impuestas.

Es un alivio de náufrago en seco que no omite la sensación de haber contribuido a alterar el estado de igualdad deseable. Esa que permite cederle el puesto a una anciana, a una mujer que lleva un bebe, a un incapacitado. Estos actos de noble cordialidad al ser descuidados se vuelven una regla de Swift para el control poblacional. Sin embargo como lo dijo William Carlos Williams, la cortesía conforta siempre el alma y alivia el sistema nervioso.

Pero es frecuente el ejercicio de una índole que tiene como modelo al avivato, al oportunista, cuando no la convicción arraigada de que se es único en el mundo.

En otra circunstancia habría que preguntarle a quienes ejercieron autoridad para qué les sirvió esa potestad. Con resignación sincera tal vez puedan contestar que para mortificar, incomodar las rutinas de la vida del resto de los mortales.

Cuando se plantea una disyuntiva así, se tiene la tendencia defensiva a reducir el tema a un cálculo de beneficios por un lado y sacrificios por el otro. Se llega a un plano estéril, sin solución, donde cada quien se queda con su idea sin aceptar examinarla.

En mis frecuentes conversaciones por teléfono con los amigos de Cartagena de Indias, donde los oigo a ellos y al mar, todos me confiaron su inconformidad con un decorado frágil que los excluía de tomar el bus, tomar una cerveza donde Eparquio, un café en Ábaco, silbar muchachas en las esquinas, cumplirle una promesa al Cristo de Santo Domingo. Ocurría en estos días de visitas y conversaciones que se predicaban importantes. Hasta que los detectives cuidadores del presidente del Norte se les dio por el jolgorio putañero. Si cometo incorrección en el apelativo ofrezco excusas a todas y todos. Ya leí la argumentación de una dama del oficio donde explica las diferencias entre las que trotan por la calle y las que tienen casa propia con machucantes responsables y las que seleccionan asistidas de sicólogo y peluquero al cliente. Perdón, al pretendiente.

Está iniciativa de pobre sin dignidad es reciente. Me refiero a la inhumana y ridícula acción de desplazamiento forzado que saca en trenes, camiones y buses a cuantos seres humanos sobreviven a las diversas formas del desamparo. De dónde nace esa rapiña de evitar que a un mendigo, a un loco repartidor de bendiciones, a un niño con hambre, los prósperos Presidentes del mundo les regalen una limosna en moneda dura, menos devaluada. Y para qué cerrar las vías y dejar las playas solitarias con gaviotas asustadas como si Cartagena de Indias se volviera una Comala llena de rumores. Es una arbitrariedad innecesaria como la de las ambulancias y los escoltas atropellando al ciudadano inerme.

¡Qué calamidad!



*Escritor



rburgosc@etb.net.co

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